sábado, 1 de junio de 2013

Cueva 415


Participantes: Miguel, José Manuel, Luís, Quique, Araceli y David
Climatología: Tiempo inestable

La pasada Semana Santa, aprovechando que coincidimos varios del grupo por la zona, nos habíamos acercado para confirmar la localización de la boca, y en principio había dudas sobre si merecería la pena hacerla debido a lo escaso de su recorrido.

Finalmente, a finales de Mayo planificamos una visita.
Cambiándonos en las cercanías, apareció otro coche, con tres espeleólogos cántabros que también tenían pensada esa cavidad, de modo que entramos conjuntamente, aunque luego ellos tirarían por su cuenta adelantándose.

La entrada es un pequeño agujero cubierto con un tronco y unos alambres, en una de las varias dolinas que hoyan un empinado prado con vacas. Retirados los obstáculos, nos escurrimos unos metros hacia abajo, dejando un pasaje que se ciega a mano izquierda, y descendemos por el túnel principal hasta el borde de una fuerte caída. Hay que descender un primer tramo escurriéndose entre los bloques, y luego un segundo tramo más expuesto donde montamos una cuerda.

Una vez abajo, en una sala grande, unos pasos más adelante entre un caos de bloques, arriba y a mano derecha desciende una cuerda que hay que remontar hasta una gatera superior.

Por arriba proseguimos por un conducto de escasas dimensiones, con un pasamanos en cierto punto, hasta desembocar, unos 20 metros más adelante, en otra sala grande. Y aquí empiezan las primeras formaciones.
En una de las paredes hay algunas bellas estalactitas brillantes y una pequeña muestra del tipo de formaciones excéntricas que encontraremos más adelante.

Atravesada la gran sala y arrimándonos a la pared izquierda, remontamos una subida, y a medio camino pruebo por un agujero mientras Miguel mira por arriba.

El agujero conduce a unas gateras meandriformes que llevan en seguida a un laminador muy estrecho. Parece que va a ser por ahí. Aquí tres del grupo se plantan.

Pasa Araceli primero, por ser la más delgada, para confirmar que tira, y tira. Poco más adelante aparece el primer bosquete de excéntricas cubriendo techo y paredes del conducto. Parece que estamos en el interior de un intestino, con sus pilosidades. Si bien la sección media del pasaje se amplía, el avance se realizará en ocasiones a rastras para evitar romper estas formaciones que nos acompañarán desde aquí, hasta el final del trayecto.

Tras un trecho de gatera, nos escurrimos hacia una salilla donde nos reencontramos con los tres del otro grupo. Esta sala también está atiborrada de sierras, cuchillos, bracillos, guadañas, helictitas y demás rimbombeces, pero la cosa no acaba aquí.

Nos colamos por un agujero en la pared, y continuamos avanzando por tunelillos hasta otra nueva salilla, donde los cántabros están peleándose con una estrechez al fondo de una diaclasa. Finalmente desisten. Nos asomamos Miguel y yo... y tampoco lo vemos claro.

Nosotros regresamos a reunirnos con los del grupo que se habían quedado atrás, pero los otros se quedan ahí a comer, y quizá a intentarlo de nuevo, pues al menos uno de ellos parecía obstinado en pasar.

Ya fuera de la cueva subiendo por la embarrada ladera, poco antes de alcanzar el camino me fijé en un agujerillo del tamaño de un coco que parecía recién abierto de forma natural. Alumbrando con una linterna, tras el cuello de barro se abría una sima estrecha de paredes de roca limpia que quizá ofrezca algún interés.

Una vez cambiados aprovechamos para ir a localizar la Torca de la Vaca, sin problemas gracias a las coordenadas GPS, y luego a buscar la boca de Cueva Llueva, que no estaba prevista, pero también la hallamos con las indicaciones que nos dieron los del otro grupo en la 415.



boca de la cueva cubierta para evitar que caiga el ganado


pasando el laminador (desde atrás)


pasando el laminador (desde adelante)


tras el laminador empiezan los túneles barbudos



segunda salilla, antes de la diaclasa con embudo


dientes de sable


mirando las estrellas




sábado, 27 de abril de 2013

Cueva Fresca


Climatología: frío y granizo
Participantes: José Manuel, Alfonso, Miguel, Luís, Diego (Espéleoleganés), Diana, Kike y David.


El plan inicial era hacer la travesía de Torca Fría-Cueva del Lobo, Miguel, Diego y yo; y Cueva del Lobo el resto del grupo. Pero llegados al lugar, estaba nevado y nevando, tiempo invernal pese a estar a finales de Abril, de modo que consideramos un plan alternativo valorando las circunstancias.
Para bajar un poco las temperaturas cambiamos la Torca Fría por una simplemente Fresca, y descendimos de nuevo el valle del Asón hasta las casucas.

Ascendimos hasta la boca por la ruta de Diego, que había estado recientemente en la cueva, amenizados por rachas intermitentes de llovizna y granizo.

Como primer plato, nos escurrimos por los laminadores inmediatos a la entrada, por los que soplaba una fresca corriente de aire que daría nombre a la cueva, pues por lo demás, las cavernas recorridas no fueron especialmente frescas.

Tras ascender y descender un resaltillo montado con una cuerda de nudos, aterrizamos junto a una laguna con coladas y el comienzo de la gran galería principal que seguiremos, por espacios de altos techos y suelos embarrados y resbaladizos, con ocasionales gours y duchas. Y con ocasionales resbalones y piñazos.


En la zona denominada Bloque 64, arrimados a la pared derecha, la ruta se estrecha y discurre al borde de algunas caídas que son aseguradas por un largo trazado de pasamanos.

Al otro lado, una bifurcación que puede llevar a confusión. Hay que seguir recto desestimando un ramal a mano izquierda ascendente, más adelante girar momentáneamente 90 grados a la izquierda, ignorando un ramal muy descendente a la derecha, y de nuevo enderezar el rumbo para progresar por un tunelillo de barro pringoso atrapabotas por el que descendía una corriente de agua.
El cenit es la Fuente de los Macarrones, una ducha con algunos colgajos, más allá de la cual el arroyo corre en sentido contrario, ahora en el de la marcha.

El túnel que seguimos se abre y vuelve a cerrarse más adelante, hasta que es cortado por un primer pozo, "El tracastín", que se salva en un periquete con un pasamanos.
Y unos pasos más allá una nueva depresión corta el túnel que seguimos.

Aquí está montado un pasamanos más largo bautizado como "la Vira de la Araña". Antes de cruzarlo dejamos montada una cuerda al borde de la caída, de unos 10 metros, pues pensamos regresar más tarde desde abajo.

Salvado el paso, siguiendo el túnel y ascendiendo hacia la derecha se halla una gran estalagmita y un mirador excepcional para contemplar a los que están en proceso de cruzar el pasamanos anteriormente citado, colgados cual arácnidos.

Pero hemos de regresar sobre nuestros pasos un poco, sin descender, para continuar el recorrido, arrimándonos a la pared derecha de esta gran galería, la 5ª Avenida, y alcanzamos la enorme Sala Rabelais, donde el agua espolvoreada por una caída de agua reduce la visibilidad, y convierte los haces de las luces en espadas láser.

Aquí nos detenemos a picar algo, al borde de la cornisa.

Retomamos la marcha girando 90 grados hacia la izquierda respecto a la dirección que llevábamos descendiendo rápidamente hasta un fondo obstruido y con algunos pasos meandriformes que barajamos mientras Miguel trata de recordar por dónde era.
Finalmente ascendemos por un amplio túnel de gran pendiente que salía a mano izquierda... todos menos Kike que cree recordar que es de frente, y asciende por la misma galería que llevábamos, arrimado a la izquierda.

Arriba nos reencontramos, bajo las bóvedas de cañón de roja arcilla del comienzo del Cañón Rojo.
Finalmente el camino de Kike resultó ser el mejor, teniendo los demás que avanzar en paralelo a él y descender más adelante hacia la parte baja. Allí nos metemos por un caos de bloques, y nuevamente surge una divergencia sobre la ruta a tomar: algunos se introducen por una estrecha gatera descendente a mano izquierda, pasando algo de apuro, y otros se cuelan por la derecha destrepando unos sencillos resaltes.

Hacia la derecha continúa el Cañón Rojo, pero nosotros nos tiramos hacia la izquierda, por una bajada de gran pendiente señalizada con un reflectante, y desde la que se puede observar a los que optaron por la ruta de la gatera viéndoselas al filo de un estrecho puente que es el dintel del arquillo bajo el que acabamos de pasar.

Al llegar al fondo, el túnel continúa horizontal y un poco más adelante se comprime obligando a realizar una pequeña trepada contrapared, ayudándonos para nos escurrirnos del relieve de una de las paredes, forrada de formaciones de precipitación.

Pasada la estrechez, las dimensiones del túnel se vuelven gigantescas, ascendemos una colina y la descendemos a mano derecha, para continuar en recto por el gran espacio.

Si continuáramos recto, engancharíamos de nuevo con la 5ª Avenida y cerraríamos el recorrido, pero para aprovechar la cuerda que habíamos arrojado, antes de que eso ocurra, trepamos a mano derecha y hacia atrás por un montículo señalizado con una flecha y montado con una cuerda de nudos de ayuda un poco más arriba.

En lo alto descendemos por una cuerda montada, y nos escurrimos por un estrecho tunelillo para desembocar, previo resalte montado con cuerda, en una nueva galería grande que nos llevará, tomando a mano izquierda y ascendiendo unas empinadas rampas de bloques sueltos, a la altura del fondo del paso de la Araña, donde nos espera la cuerda para cerrar el recorrido.
Aquí Diana pasó algo de apuro, al ser novata, y no ser ésta la cavidad ni la ruta que estaban planeadas que hiciera inicialmente.



Recorrido superpuesto a la topo de Isidoro Ortiz
rampas resbalosas


formaciones murales


pasamanos del Bloque 64


formaciones en la 5ª Avenida


Gran estalagmita en la 5ª Avenida


Inspiración de H.R. Giger


ola ke ase









último tramo del pasamanos de la Araña


en el pasamanos de la Araña








estrechez previa a las galerías del Gran Atajo














sábado, 6 de abril de 2013

Sima SC-16

Participantes: José Manuel, José Luis, Miguel, Kike y David
climatología: sol, precipitaciones de nieve y mucho frío


Poco antes de llegar a Uña empezó a nevar, a pesar de que seguía brillando el sol, nieve que podría parecer polen, y que nos acompañaría durante casi todo el día, al menos en la superficie.
Nos detuvimos en la citada localidad conquense a meternos un bocata, y nos dirigimos hacia la zona de la cueva.
Debimos cambiarnos aguantando ese aire gélido que corría entre los pinos, y luego tocó esperar, a unos más que otros, muertos de frío, para bajar a la sima, donde la temperatura se haría más agradable.
Descendimos sin muchas complicaciones hasta el "Paso de Todo", por el que José Manuel no logró pasar, y donde Kike entró y volvió a salir, acompañando a José a la superficie mientras los restantes descendíamos el pozo oscuro.

Según los que conocían de más veces esta cavidad, el nivel de agua estaba más alto de lo normal, corriendo un reguero por el mismo "Paso de todo" y por las primeras gateras de los meandros inferiores, obligándonos a mojarnos antes y más.
Llamaba la atención también la nueva instalación del grupo Viana, que en el pozo oscuro alejaba la cabecera de la vertical de la ducha de agua, pese a lo cual, por el aumento del caudal de esta lluviosa temporada, algo caía, notándose más en la subida que en la bajada.

Reptamos, gateamos y caminamos -según la ocasión- por los meandros inferiores, alcanzando zonas de techos de gran belleza, con formaciones pequeñas pero curiosas, destacando por su blancura sobre las superficies de tonalidades cambiantes del curso del río.
Llamativa también las Zona de los Quesos, salpicada de geodas.

Llegamos hasta la Puerta del Arco y ahí terminamos la aventura, poniendo rumbo a la superficie.

Nos cambiamos soportando de nuevo el frío y nos marchamos justo cuando la nieve empezaba a caer con más fuerza.
Volvimos a detenernos en Uña para merendar en caliente.



Entorno de la sima




Atravesando el estrecho Paso de Todo


cabecera del Pozo Oscuro, inmediatamente después del Paso de Todo










Geodas en "los Quesos"

galería del meandro

sábado, 6 de octubre de 2012

Vegalonga


Participantes: Kike, Luís, Miguel, José Manuel y David
Climatología: Intervalos de llovizna

Parecía que íbamos a tener unos días de veranillo de San Miguel, pero tras una noche despejada, repleta de estrellas, el sábado amaneció nublado y lloviznoso.
Desde la carretera de Yernes y Tameza sale una pista en la que está indicada, en un cartel, la Cueva del Inglés. Una pista de carril único, de tierra a ratos y con zonas hormigonadas.
Cuando a un par de vacas les da la gana dejarnos pasar, avanzamos un trecho y dejamos el coche en un ensanche, justo antes de que la pista se precipite con una fuerte pendiente hacia el fondo del valle, y con las coordenadas del catálogo de Grandes Cavidades de España como referencia, nos metimos por un sendero a buscar la cueva por el monte.



El caso es que tras haber casi rodeado un monte calizo y husmeado en varios agujeros, descubrimos que las coordenadas indicaban un amplio pozo oculto entre la vegetación de una dolina. Quizá el pozo de las Retuertas, otra entrada al sistema que no era la que buscábamos.
De modo que continuamos rodeando el monte, hasta que apareció un farallón con varias cavidades, y finalmente, más adelante, la Cueva del Inglés, señalizada con un cartel. La pista que habíamos abandonado moría ahí, de modo que no hubiéramos tenido más que seguirla desde el coche para llegar derechos a la cueva.
Descendemos por la galería de entrada, embadurnada, para caer rápidamente en una amplia sala de la que parten varios caminos. A mano derecha la salida hacia la Cueva Vegalonga, que usaremos para salir, y de frente, remontando unos pocos metros hasta un balcón, la galería principal por la que seguiremos.


La galería se convierte durante unos instantes en un meandro con pozas con algún pequeño restalte, para luego continuar como un alto túnel o caos de bloques.

Tejadillo recubierto de escamas de dragón o "pendants"

Y al cabo de un rato, llegamos a otra gran sala, cuya base es una gran rampa con grandes bloques que se precipita desde las alturas hasta sumergirse en la parte izquierda, juntándose casi el suelo en rampa contra el techo en dicho punto, formando un laminador inclinado, una especie de embudo con algunas rocas encajadas.
Pegándonos casi a la parte izquierda, destrepamos por un agujero bajo un gran bloque para salvar un resalte, y luego avanzamos de frente por la rampa, sin descender, hasta llegar un punto peligroso donde tras usar un grupillo de estalagmitas a modo de huella, nos encontraremos una pisada poco segura antes de alcanzar el siguiente reborde de agarre. Miguel hace la pisada arriesgada para refugiarse rápidamente en la zona segura, y desde ahí, ata en una roca el extremo de cuerda que le pasamos, anclado el otro en un spit que hay en el techo, previamente a ese paso, creando un quitamiedos para que pase el resto sin riesgo.
Cuerda de seguridad, debido a la pisada arriesgada que existe en el primer plano, pasado el grupillo de estalagmitas
No vemos salida por esa zona, más que trepar por un canalillo en lo alto de la sala refugio, que nos lleva a la zona superior de la gran sala de la rampa. Sospechando una vez arriba que desde ahí existe un camino menos arriesgado para comunicar con la zona inferior, dejamos el extremo de la cuerda desatado para poder recuperarlo posteriormente sin volver por el mismo sitio.
En la zona alta de la sala aparece un pasaje con una gran pintada "PAULINO", y por ahí proseguimos. Más adelante rodeamos un pequeño desfondamiento y llegamos una nueva sala amplia con abundante "barrofango". La parte inferior de la sala se halla anegada de este fango atrapabotas (que abunda por toda la cueva), y la única continuación parece ascender rodeando un gran bloque.
Vísceras colgando del techo
Tras husmear un poco, los demás se quedan atrás y sigo yo solo ascendiendo hasta las zonas altas donde la amplia galería se escurre hacia túneles descendentes y pocillos. En esta zona abundan las formaciones de precipitación alrededor de pocillas con agua, y en las paredes se pueden ver algunas coladas de gran tamaño.
Formas de precipitación tapizando las zonas altas

Reunidos de nuevo en la sala del barro, hacemos un almuerzo junto a una colonia de setas manufacturadas, y regresamos hacia atrás.
Llegados de nuevo a lo alto de la sala de la rampa, esta vez descendemos por otro sitio, destrepando unos montecillos y siguiendo luego una diaclasa. Recuperamos la cuerda que habíamos dejado y tanteamos el estrecho fondo de la rampa, donde creemos que debe de haber un pequeño paso. Pero al no verlo muy claro, preferimos abortar esa ruta, que conduciría hacia el sifón donde se ahogó el espeleobuceador inglés que dio nombre a la "Cueva del Inglés", y regresar a la primera gran sala cercana a la entrada para hacer el descenso hacia otro tramo del río por los pozos.
Regresados al balcón de la sala principal, descendemos bordeando la pared de la caverna por la derecha, pasamos de largo un par de ventanucos que se asoman a un nivel inferior y en el tercero instalamos una cuerda en anclaje natural. Desciendo un primer resalte que conduce a una pestilente zona de paredes oscuras que, por un lado comunica con una vertiginosa bajada hacia un sifón colgado (por el que se podía avanzar en los primeros tramos mojándote hasta los muslos y doblando la espalda) , y por otro, hacia nuevos resaltes y pozos.
Los demás se piran, y nos quedamos Miguel y yo solos, instalando un pozo tras otro, hasta que nos quedamos sin placas de anclaje.
Descendiendo pozos hacia el río
Instalamos una última bajada de forma precaria simplemente por no irnos con la sospecha de habernos quedado a falta de un descenso para llegar a la galería del río, visto además que ya estamos en una galería claramente meandriforme, pero tras un corto avance se interpone otro pozo más, así que recogemos el campamento y p'arriba.
En la sala principal los otros nos han dejado reflectantes para confirmar que han salido y por dónde lo han hecho. Avanzamos rápidamente recuperándolos y enseguida se ve la luz del exterior que cae desde lo alto de una muralla de grandes bloques. Iniciamos una trepada arrimados a la parte izquierda de la pared y en cierto momento abandonamos la boca principal que se ve arriba como objetivo para introducirnos en la canal de una boca menor paralela que se abre a la izquierda, por la que salimos finalmente. Y descubrimos que estamos en la zona previa de covachas que habíamos mirado por encima antes de llegar a la boca correcta. Hemos salido por la boca de la Cueva de Vegalonga o Veigadonga.
Salida por la Cueva de Vegalonga

Sigue el tiempo chispeando lluvia a ratos. Tras ascender unas cuestas mortales por la pista asfaltada, nos reunimos con los demás, ya cambiados, en el coche.
Nos cambiamos rápidamente mientras el cielo nos riega un poco, y al vaciar mi saca descubro en el fondo una bolsa repleta de placas de anclaje y mosquetones que pensábamos estaría en la saca de los que se habían pirado, de modo que hubiéramos podido descender todavía 21 metros de cuerda más.

Estuvimos unas 6 horas en la cueva

sábado, 21 de julio de 2012

Cuivo-Mortero de Astrana


Fecha: 21 de Julio de 2012
Climatología: Encapotado y fresco

Participantes: Miguel, José Manuel, José Luís y David (Espéleo-romeros) y Diego, Bea, Carlos y Morty (Espéleo-Pipis)

Aparcamos en la curva de la pista asfaltada de Astrana y los pipis se enfundaron sus "pipilux" y los neoprenos completos desde el comienzo, mientras que los romeros optamos por llevarlos aparte para cambiarnos en el último momento.
La mañana nublada y fresca alivió un poco las penurias de los neoprenados (pero sólo un poco).
Diego y Morty se fueron para la boca del Mortero a montar la rampa, donde se encontraron con miembros de Geoda, que echaban un vistazo a las instalaciones, pues iban a realizar la travesía desde la Rubicera.
El resto nos dirigimos hacia la cuesta del Cuivo, avanzando por fondo del barranco, que a ratos se convertía en una jungla de helechos y zarzas, y donde había que cuidarse muy bien de dónde se ponía el pie para no caer en algún bujero.
Tras salir de la exuberante hondonada, quedó claro que no había sido el mejor camino.
Ya en las cercanías de la boca, tardamos un rato en localizarla debido a que la vegetación había crecido y actualmente una barrera vegetal la disimula a la vista.
Decir que si bien la mayoría entramos con el neopreno completo, Miguel optó por una camisetilla de neopreno fino en lugar de la chaqueta, y José Manuel a "pecho lobo", confiando en su aislamiento propio corporal. Desde luego que es muy recomendable llevar el completo, principalmente porque en las esperas en los pozos uno puede quedarse muy frío.
Aterrizamos en el fondo de la sima, en una sala de bloques y coladas calcificadas, y al poco de escurrirnos hacia abajo aparecen los primeros charquitos en los que tratar de darse un chapuzón para refrescar el neopreno... pero no será hasta más adelante cuando podamos hacerlo.
El recorrido es una sucesión de meandros cómodos, en los que a ratos hay que realizar alguna trepada y descenso.
Más adelante se irán estrechando obligando a buscar pasos más anchos hacia arriba, empotrándonos en las paredes, y a cuidadosas maniobras y cálculos geométricos a los miembros más gruesos, por la escasa holgura de puntos concretos. Ésta vez no hubo que untar a nadie de manteca para que pasara. En esta zona conviene echarse el descensor a un lado para evitar ir rozándolo contra la roca.
La última angostura de este sector consiste en un paso aéreo empotrado en el meandro que se descomprime en un ligero ensanche con una pozilla... a la que evitamos caer descendiendo empotrándonos hasta pisar la repisa del otro lado. Repisa que precede a la apurada embocadura de un tobogán que cae hacia la piscina de la sala siguiente. Como había montado un paso aéreo para salvar esta última estrechez, todos tiraron por arriba por la cuerda, menos yo, que me dejé deslizar por el tobogán al agua, después de que José Manuel comprobara que no había cocodrilos.
Ésta es la Sala de la Pérdida, y desde ella continuamos inercialmente por el meandro, ignorando una imperceptible y poco llamativa señal apuntando a otro ramal arriba a la derecha consistente en tres mojones de piedra, varias flechas grabadas en las paredes, algún reflectante, y una hoja.
Tras superar más tramos de meandro estrecho, los que habían hecho la travesía en anteriores ocasiones empezaron a poner cara rara, y además la brújula indicaba que estábamos yendo en una dirección incorrecta. Diego descendió un tobogán en lo alto del cual había una placa, para instalar un regreso, y tras inspeccionar lo que había más adelante, regresó informando de que efectivamente por ahí no era.
Reculamos hasta el punto hiperseñalizado que nos habíamos saltado y nos encaramamos hacia otro ramal repleto desde el comienzo de barro y pozas fangosas. La galería más divertida, nos pusimos finos finos, que parecíamos muñecos de barro.
Tras descender algún pozo, alcanzamos una zona más seca, trepamos, avanzamos, y caemos en la "Sala de la Lavadora". Los dos primeros nos encontramos con una pequeña poza de aguas cristalinas alimentada por un exiguo chorrito que resbala desde una colada, cual jacuzzi, donde nos sumergimos para darnos un buen lavado y refresco, tiñendo en seguida el agua.
Esta poza nos viene estupendamente para limpiar los aparatos que han acabado embebidos en una masa de pegotes de denso barro y adecentarse un poco, aunque más adelante, al avanzar frotándonos contra las paredes de los meandros, nos volveremos a ensuciar.
Más adelante, hacemos una parada en la que descubro mi pifia del día: no cerré convenientemente fuerte mi bote estanco, y en su interior hay una sopa. Mi teléfono móvil agoniza medio ahogado emitiendo extrañas luces rojas.
Continuamos saltando de una poza a otra, bien esquivándolas, bien a chapuzones, a elección del consumidor. En cierto momento, tras unos quiebros, una cuerda a la izquierda nos ayuda a encaramarnos en lo alto del meandro para esquivar una obstrucción que hay poco más adelante. Andamos por arriba, por la amplia Sala del Roscón, bordeando por la derecha, mientras a la izquierda el suelo cae hacia el curso del agua.
Tras superar un "monte" vemos al otro lado el reflectante que indica la cabecera del P17, un agujero en medio del caos de bloques.
Empieza la gente a descender con la cuerda rozando, pese a las advertencias de Diego, por no haber visto el desviador, hasta que José Manuel lo localiza en su turno de bajada.
Aterrizamos en un descansillo de paredes oscuras adornadas con pegotes duros de barro claro, y continuamos descendiendo por más pozos y resaltillos montados. Aquí me quedo al final recuperando con Diego. Las cuerdas rozan por todas partes, pero la roca está pulida.
Y llegamos al pozo que José Manuel llama "de la jindama", por la jindama, canguele, yuyu, impresión... que le ha producido las numerosas veces que lo ha descendido. No es tanto por la altura, sino por el hecho de ir descendiendo pegado a una pared, y de pronto desparecer ésta para encontrarte en el aire... y con la cuerda rozando peligrosamente en la cabecera, añadiría.
Ya sólo quedaban tres descensos con aterrizaje en pozas, y llegaríamos a la Sala del Arco.
Abandonamos momentáneamente el río que se sumerge bajo un caos de bloques, trepamos, y descendemos para recuperarlo un poco más adelante, un poco más hacia la izquierda.
Y a partir de aquí es una supergalería tipo "Rubicera", cortada por un mismo patrón, de paredes troqueladas y estampadas con tatuajes y fósiles. A ratos aparecen rocajes pardos y amarillos con nervaduras que se asemejan increíblemente a la madera. Es avance es muy rápido chapoteando por el río Cubieja, que apenas cubre en la mayor parte del recorrido.
En cierto punto encontramos algunas hojas y brotes de plantitas germinadas en un remanso lateral del río, señal de que habría alguna comunicación con el exterior en las cercanías, a través de alguna fisura en el lapiaz.
En poco tiempo descendemos la poza final de la confluencia, y alcanzamos el río Leolorna, zona ya conocida.
Al llegar aquí ya estamos bastante limpios de barro, pero por si aún quedaran rastros, las sucesivas pozas del río que remontamos son el lugar ideal para llegar al exterior impoluto.
En cierto punto, tras pasar bajo una ducha, el río se interrumpe, trepamos por el centro y hacia la derecha para aflorar a una gran sala del Anfiteatro. Sin subir nada, nos escurrimos hacia abajo paralelos a la pared, trepamos un resalte con un cordel con pedal de ayuda, e inmediatamente giramos a la izquierda sin pestañear, ya aprendidos de la última vez donde seguimos de frente para "enriscarnos" por una rampa.
En seguida aparece la gran sala de las rampas güenas que ascienden hacia el agujero soplador, montada con cuerdas. El agujero esta vez soplaba mucho menos que en la anterior visita, era agujero brisilla.
Según íbamos saliendo tirábamos directos para arriba por la Sala del Caos, hacia la luz del exterior de la boca del Mortero, deseosos de quitarnos ya el neopreno.
Una vez arriba, en aquella montaña de boñigas de cabra que es el fondo de la torca, me arranqué la chaquetilla con alivio. Morty estaba ascendiendo por la instalación vertical en fijo, le seguí mientras Diego se iba para la rampa.
Detrás mía pensé que venía Miguel, pero una vez arriba descubrí con sorpresa que era uno de los de Geoda, y detrás otro de sus compañeros. Ambos se habían adelantado al resto de su grupo en la unión con Rubicera para ir yendo a por los coches.
Más tarde ya sí subió Miguel, y el resto lo hicieron por la rampa.
Hasta que hubimos regresado todos al coche y recogido nos dieron las tantas. Llegamos por los pelos para cenar en Ogarrio.