sábado, 16 de julio de 2011

Valporquero


Climatología: soleado
Participantes: Miguel, José Luís, Kike, Marta, José Manuel y David (Espéleo-romeros); y Diego, Bea, Carlos y Pilo (Espéleo-Leganés).

Nos dividimos en dos grupos, uno mayoritario que entraría por el Sil de las Perlas, y otro cuadrúpedo formado por Kike y José Manuel que entraría por la boca de la cueva turística, identificándose previamente como espeléologos titulados.
Ambos nos encontramos en la galería del río, donde la carburera de Diego pegó un espectacular petardazo. Afortunadamente las llamas no dañaron a nadie.
La progresión por el río fue lo mejor de la travesía, entre pasamanos, descensos, toboganes y algún salto con inmersión opcional.
El "Paso de la M" estaba bajo de agua, y por ahí salimos sin problemas al exterior, gracias a las escalas montadas.
Ya en el exterior, descendiendo la primera cascada del barranco, pudimos haber sufrido un accidente debido  al roce de la cuerda con el borde del voladizo. Sólo el último en descender, Pilo, se percató del corte en la funda.

sábado, 25 de junio de 2011

Tonio-Cañuela


Participantes: Miguel y David (Espéleo-romeros) y Diego y Beatriz (Club Espeleológico de Leganés)
Climatología: Sol y calor.
Diego y Bea nos invitaron a cenar el viernes en su casa de Arredondo y se nos hizo un tanto tarde con las copas de después, pero a las 9 del día siguiente estábamos listos para salir hacia la cueva.
Dejamos uno de los vehículos abajo, a los pies de la ladera del valle de Bustablado a la que vierte la gran boca triangular de Cañuela, y con el otro subimos por la empinada carretera que conduce al punto de aproximación, con la suerte de no cruzarnos con nadie, ya que en esos casos su estrechez supone un problema.
Al alcanzar el lugar fijado para aparcar nos encontramos una máquina abriendo una nueva pista en la montaña.
Tras vestirnos de espeléologos, empezamos a ascender por el corto tramo de pista desbrozada y luego continuamos por los prados, entre vacas y agujeros por doquier.

La boca de Tonio es un pequeño agujerito prácticamente oculto entre la vegetación al borde de la caída de una gran dolina al pie de las cabañas de Buzulucueva.
Miguel iría instalando y Diego desinstalando. Es una travesía sin marcha atrás.

Tras aterrizar al fondo del primer pozo alcanzamos una sala seca, acojedor refugio de moscas y mosquitos, que a su vez son el banquete de una horda de arañas -cuyos adultos alcanzan gran tamaño- que se mueven vivazmente por la paredes obligándote a cuidarte mucho de dónde tocas.
Tras bajar el siguiente pozo desaparece todo signo de vida en sus empapadas paredes.
Otro pozo más y llegamos al gran pozo de 48 metros, un espacio de mayores dimensiones que las secciones anteriores y tapizado por colonias de líquenes amarillos. A cierta altura, antes de llegar al fondo, te topas con un pasamanos para remolcarte hacia una repisa a mano izquierda.
Desde esa repisa hay que realizar una pequeña trepada y posterior bajadita, y ante nosotros se abre la temida diaclasa o "gatera vertical"... o "paso del egipcio".
Primeramente debemos avanzar hacia adelante, mejor sin anclarse en este tramo. Aunque haya instalado una especie de pasamanos, en la medida de que el pozo-diaclasa ya de por sí es estrecho y además se va estrechando hacia abajo, es imposible caer.
Al final del pasamanos (pero aún dentro de la estrecha diaclasa), se encuentra instalada una cuerda que desciende, y ahí nos colocamos el descensor, mejor sobre el cabo largo, y ya por ahí bajamos por el apurado espacio que tenemos. Desde arriba da la sensación de que no vamos a poder pasar por ahí, y hasta para girar la cabeza y poder echar un vistazo o cambiar de dirección vamos a encontrar dificultades si no tenemos el casco a la altura de algún ligero ensanche.
Habiendo bajado todos con las sacas, continuamos por una rampa instalada con una cuerda en un estado pésimo. Diego deja hecho un nudo en una zona cercana a la cabecera donde el rozamiento con la roca tenía la cuerda prácticamente cortada.
La rampa se desfonda hacia el pozo por donde a tantos se les ha caído la saca por lanzarla desde la zona de la diaclasa para bajar cómodamente sin ella, pero antes de desfondarnos nosotros, ascendemos por una cuerda de nudos.
Arriba nos encontramos un paso aéreo en comba, un pasamanos y cortos descensos hasta dejar atrás esta zona de pequeños espacios que estaba equipada con cuerdas fijas, terminando en una apurada cornisa al borde del P55, donde el espacio vuelve a agrandarse . Toca seguir con el loco-loco, lo-quito, loco-loco, lo-quito...

Este pozo de 55 es bastante divertido de bajar, al igual que el P20 cercano al final de la sucesión de descensos. 
Tras el P22, el último de los pozos que podríamos considerar propiamente de Tonio, hacemos un destrepe por un resbaladizo meandro que enseguida se estrecha continuando así con un par de descensos cortos con trozos de cuerda instalados en fijo de por medio. Aquí se nota el frío y el sonido de la corriente de aire, por algo se llama la Gatera de la Borrasca.
Tras retorcernos por el meandrillo, terminamos al borde de un boquete que se precipita sobre el gran espacio de la sala Olivier Guillaume, como si tras atravesar la tierra por estrechos laberintos hubiéramos llegado a un gran hueco en el cascarón, una antípoda oscura. Ahora estamos en Cañuela.

La sala está constituida por unos cuantos montículos de bloques desprendidos cuyas cimas se pierden en la oscuridad bajo la gran cúpula desnuda que unifica este espacio. El lugar desde el que hemos descendido no es más que un agujerito en dicha cúpula, desde el que se descuelga nuestra cuerda.

Desde el punto de aterrizaje, en la ladera de uno de esos montículos, descendemos en dirección a unas marcas reflectantes hasta alcanzar la embocadura de un túnel. Se suceden los destrepes entre los bloques, y al poco, en los altos techos, aparecen las primeras colonias puntuales de estalactitas. Están secas y costrosas, pero son enormes.
Bea nos ameniza el camino con su repertorio de cantos espeleológicos, con temazos como "Somos los mocos", "Somos los pipas" o "Si yo fuera murciélago".

Esta galería, la del 10 de Agosto, va ganando en formaciones, hasta que el espectáculo se vuelve impresionante. Las estalactitas son gigantescas, esbeltas e ingrávidas, caen de los techos como puntas, dispuestas a ensartarte al menor temblor del tierra. Como una multitud descuelgan sucesivamente más filas detrás de otras filas, hasta convertirse en siluetas de fondo.
El tamaño de las formaciones, su languidez esbelta, y su color apagado, dan una sensación de vejez, de cueva vieja. De lejos son como ancianos pellejos caídos y recubiertos de telarañas.

Si el espectáculo ya es impresionante en los primeros tramos, lo es más aún cuando más adelante las estalactitas se van perfilando en delgadas hojas de extrañas espadas fantásticas, en hojas de sierra que cortan el aire en la dirección del túnel.
El suelo sube y baja, formando a veces cómodas playitas de arena bajo esos techos fabulosos. En ciertos momentos hay que trepar o destrepar buscando los agarres precisos en la resbaladiza roca.

Tras destrepar a un gran hoyo (Sala de la Encrucijada Alta) y luego salir de él trepando por el otro lado, alcanzamos la "sala de la apisonadora" (Boulevard). Y es que parece que ha pasado por ahí una máquina cortando a cuchillo todas las rocas y aplanando el suelo para construir una autopista encima.
El Bulevar realiza un fuerte giro a la izquierda para llegar al "campo de fútbol", una gran sala con abundantes charcos y larguísimas coladas -holladas por unas firmas grabadas en ellas-. Desde ahí, giramos a la derecha y pasamos bajo "la portería del campo de fútbol", un arco de gran anchura, y por unos instantes sentimos el fresco de una viva corriente de aire.

Más adelante la galería se precipita sobre el vacío, en el Pozo del Arca. Debemos instalar una cuerda para descender unos 20 metros, y ya estamos a nada de la salida. Sólo nos queda avanzar por el gran túnel hacia la derecha, atravesar el pasamanos y... maravillarnos con la aparición de la enorme boca por la que se cuela la cálida luz del atardecer luchando contra el gélido aliento de las profundidades, pintando de azul aguamarina las paredes de la roca. Es como un fantasma en la oscuridad, que conforme nos acercamos se transforma en un resplandor de luz en el que más adelante van emergiendo las sombras de los árboles perimetrales, y por fin el valle y las montañas, una vez en el exterior.

Descendemos por una estrecha senda, con la boca de la cueva a nuestras espaldas exhalando una nube de humedad que desde cierta distancia se materializa como un emborronamiento blanco. En cierto punto giramos hacia la izquierda, saliéndonos del barranco dominado por la cueva y... se nos acabó el aire acondicionado. Al haber salido del cauce del chorro de aire frío que cae desde la boca volvemos a la realidad de una calurosa tarde de Junio.

Tardamos 8 horas y cuarto de boca a boca.

Nueva pista en construcción
instalando la cabecera del primer pozo de Tonio
Descendiendo el primer pozo
Arañacas al fondo del primer pozo
Descendiendo el P48, aproximándose al pasamanos
La gatera vertical vista desde el aterrizaje
Dos pies y una saca
Descendiendo el P22, el penúltimo descenso antes de pisar Cañuela
Al final del meandro de la Borrasca se abre la cabecera del P20 volado sobre la Sala Olivier Guillaume
Estalactitas afiladas como hojas de espadas
Bosque muerto invertido
¿plumas?
Texturas cerca del "campo de fútbol"
Sorteando algunos bloques
La salida se dibuja como un holograma fantasmal en medio de la oscuridad
Un, dos, tres y cuatro, hemos salido todos.

sábado, 28 de mayo de 2011

Rozada-Lengo


Climatología: soleado
Participantes: Miguel, Luís, Marta y David

Estuvimos por la zona occidental de Cantabria, una zona poco conocida cueverilmente para el grupo.
Teniendo como base de cavidades seguras el minisistema Toyu-Rozada-Lengo, topografiado por Carlos Puch, empezamos la jornada del sábado con un pateo por la zona en busca de otras cuevas cuya localización no era tan clara.
Dimos por hecho que íbamos a encontrar lo que buscábamos, que estaba a unos pocos kilómetros, y por tanto fuimos cargando con todo el equipo, dispuestos a descender una eventual sima.
Tras 6 horas recorriendo caminos, selvas de avellanos, laderas empinadas e incluso andando por el río Latarmá (la parte más divertida), regresamos con las "manos vacías" al coche aparcado en la carretera de entrada de Venta Fresnedo, con los hombros hechos trizas del material que nos llevamos de paseo gratuítamente en las sacas.
Y es que no es plan hacer trekking vestido de teletubby.
Durante la mañana preguntamos a algunos lugareños que nos topamos y que nos dieron algunas pistas para encontrar al pastor que conocía la localización de la cueva. Encontramos a su hijo, divisándolo a lo alto de una ladera llevando el ganado, pero por no subir hasta allá, hablando a grito pelao en la distancia no logramos entendernos bien, y acabamos siendo dirigidos hacia otra cueva que no buscábamos: la Cueva del Manantial (habiendo pasado ya la línea provincial de Asturias), una de las varias resurgencias por las que resurge el Río Latarmá, que en varias ocasiones desaparece discurriendo por debajo de los montes para volver a reaparecer en el siguiente recuenco de valle cerrado.
De vuelta en el coche tras la trotada por los montes nos volvimos a encontrar con él, esta vez a corta distancia, y ya nos explicó la localización de la cueva que buscábamos. Más tarde aparecería finalmente el padre, acompañado de otro paisano que le había ido a buscar. Nos dieron más detalles, y a ellos se fueron sumando más vecinos de La Venta que al pasar por la carretera se iban deteniendo, uniéndose a la conversación o tomando el relevo.
Al final nos limitamos a entrar por Cueva Rozada y salir por la Torca de Lengo. No nos apetecía ya volver otra vez atrás a buscar la cueva con los nuevos datos.
Las coordenadas del Boletín Cántabro donde encontramos estas cavidades estaban mal, pero aun así, estas tres (Rozada, Lengo y Toyu) son fáciles de localizar al estar cerca de La Venta y ser conocidas por sus vecinos.
La entrada de Rozada se encuentra al lado derecho de la carretera, junto al aparcamiento en línea habilitado para excursionistas antes de entrar en La Venta. En una hondonada umbrosa, al pie de una pared tupidamente cubierta de árboles y vegetación, se abre la boca del tamaño de una puerta-trampilla, que conduce a una rampa repleta de derrubios.
Descendiendo y tirando más bien hacia la zona izquierda llegamos a un ramal de paredes con texturas de estratos claros y oscuros alternados que forman curiosos dibujos, a veces concéntricos. Al final de esta zona aparece un estrechamiento con el primer resalte. Se puede instalar una cuerda de ayuda, pero lo cierto es que no hace ninguna falta, se baja bien a pelo.
Abajo otro resalte que directamente se puede esquivar introduciéndonos por un pasaje bajo hacia la derecha.
Estamos en una sala de gran tamaño descendiendo por otra empinada rampa formada por coladas pulidas y arena sobre la que se pisa bien.
Al fondo la sala se comprime entre bloques y, puesto que la boca de la cavidad actúa eventualmente como sumidero, ahí se asientan los típicos restos orgánicos -¡y caracoles!- que son arrastrados por el agua desde el exterior para acumularse en una zona y pudrirse tranquilamente.
La roca es negra, limpia, brillante y afilada.
Unos pocos pasos más abajo el piso se precipita hacia el Lago Siniestro, donde observamos un sapo encaramado a la pared.
Para seguir harían falta neoprenos, y tener instalados los pozos desde el sumidero del Toyu, que es hacia donde conduce la galería inundada.
Nos damos media vuelta y ascendemos de nuevo hasta la zona de franjas de estratos, tomando más arriba el otro ramal, ascendente, que nos llevará hacia la salida de Torca Lengo.
Lo más llamativo es el túnel final, un meandro alto cuyas paredes presentan numerosas agarraderas y que en cierto momento adquieren el aspecto de una piel animal, moteadas con puntos negros.
Esta zona termina en una especie de ventanuco al otro lado del cual ya vemos la ténue claridad del exterior que cae desde lo alto. La trepada por la torca está algo enmarañada, cubierta de zarzas, y entre ellas afloramos por detrás de una casa, cerca de un camino que nos devuelve a la carretera.
 En resumen: un auténtico paseo.


Cueva del Manantial, de cuya gran boca sale el río Latarmá
¿Qué mejor forma de llegar a la boca del sumidero Toyu que caminando por el mismo río corriente abajo? Pero al llegar a las cascadas tuvimos que abortar la magnífica idea.
Boca del Toyu, que se traga el río Latarmá

Coladas en la segunda rampa, en la gran sala que desciende hacia el Lago Siniestro

Meandro de salida hacia Torca Lengo con curiosas texturas moteadas

sábado, 30 de abril de 2011

Fuentemolinos


Climatología: lluvia ligera
Participantes: Luis, Alfonso, Kike, Marta y David



Aparcamos los coches en el ensanche del camino frente al cartel de "CUEVA", y ascendimos hasta la boca de la surgencia. Estaba cerrada, pero accedimos desde más arriba por la gatera superior. Una gatera descendente bastante amplia y cómoda.
A medida que nos vamos internando, va aumentando el ruido de un tremendo rugido que suena como mi lavadora centrifugando. Es el agua que se precipita con fuerza por una cascada, donde un cable de acero sirve de ayuda a modo de pasamanos. Si bien en esta ocasión no era estrictamente necesario, lo será cuando el caudal del agua sea mayor.
Arriba el agua anda más calmada, aunque seguía tronando la caída de agua por aquel paso de pequeña sección y con redondeados clastos emergiendo de las paredes. Tras muy pocos metros este túnel por el que discurre el río se abre a un espacio más amplio.
La galería va cobrando cada vez mayores dimensiones con dirección Oeste, un paseo cómodo caminando sobre el agua, entre los curiosos efectos ingrávidos de la pudinga, tímidas formaciones que irán incrementándose y ganando en porte y multitud de microformas de precipitación como los "bosques de abetos", los "corales", o las "lentejas".
Tras subir y bajar uno de los varios obstáculos que bloquean a veces el río, nos encontramos con una cuerda que desciende desde lo alto, que supuestamente conduce al nivel 3. La dejamos para el regreso y continuamos chapoteando por el cauce.
Inmediatamante nos sumergimos en toda una exposición de cortinajes y pieles (o más bien ellos nos sumergen a nosotros), gigantescas coladas pardas, blancas y multicapa se precipitan desde las alturas.
Tras algunas eses, y dejando atrás una cuerda de nudos y una escala aupada sobre un resalte alto, se nos abre a la derecha lo que barajamos pudiera ser el caos de bloques que hay que trepar para ascender al tercer nivel, según la copla con la que se había quedado Luís "Al llegar al caos de bloques, trepada hacia atrás". Son algunos bloques y una empinada rampa de coladas con muy mala pinta en un vistazo inicial.
Kike la sube el primero sin pestañear, las coladas están secas y descascarilladas en algunos puntos, lo que hace que la trepada sea más segura de lo que parecía desde abajo.
Como hay varias posibilidades, primeramente, desde media altura de la rampa me aupo hasta un repecho que conduce a un túnel que corre en paralelo al río, cuando de pronto me encuentro con Marta saliendo de un agujero lateral a la izquierda. Viendo que el túnel se precipitaba de nuevo hacia el río por el otro extremo, hacia el Oeste, volvemos a descender todos -que ya nos habíamos reagrupado arriba- por este último paso, reptando incómodamente entre resquicios de bloques, que parece más seguro que el repecho, fácil de subir pero arriesgado de bajar.
Volvemos a subir por la colada como si no hubiera pasado nada, y tomamos la segunda opción, accediendo a otra galería alta que en dirección contraria, hacia el Este, vuelve a precipitarse hacia el río. Unos pasos atrás nos disponemos a trepar bloques buscando continuación hacia arriba y localizamos una cuerda de nudos antes de que bloques pueda justificar su plural.
Más arriba salimos de frente según nos deja la cuerda, ascendiendo hasta alcanzar una repisa con un ventanuco con una X negra hacia el Oeste que descartamos. Ratoneamos por los vericuetos alcanzando pasos aéreos que nos llevan a los techos de aquel barrio pero que no parecen ir a sacarnos de él.
Así que, de nuevo, volvemos a la zona de la cabecera de la cuerda, y, en la pared opuesta, nos colamos por una abertura que lleva la dirección de la galería de abajo.
A través de un estrecho paso sobrevolamos los pisos en los que antes estuvimos, y llegamos de nuevo a una cornisa que se precipita sobre el río. Trepamos, cambiamos de dirección, y continuamos ascendiendo escurriéndonos por las rendijas de los bloques.
Y por fin hemos alcanzado el tope. Al borde de una caída que se abre hacia el Oeste, en torno a una gruesa estalagmita, se halla una cinta para instalar una cuerda que ataje parte de toda esta vuelta, pues no hemos hecho sino ir ganando altura como si estuviéramos en una torre, escalando girando en sentido antihorario.
Paramos aquí a comer algo, junto a un curioso gour seco con perímetro poligonal.
Y marchamos hacia el Este, por una galería que promete formidables formaciones.
Enseguida nos encontramos un pasamanos ideal para una peli de Indiana Jones, y tras atravesarlo continuamos descendiendo en la misma dirección que llevábamos.
Alcanzamos una bonita zona con pozas, gours y muchas formaciones.
Al final la galería se estrecha y forma una rampa que se precipita al vacío. A juzgar por la decoración que se ve por abajo, sospechamos estar sobre la zona de los cortinajes, lo cual nos confirmaba que más adelante se hallaría la cuerda del nivel 3 que caía hacia el curso de agua principal, y que por tanto debíamos seguir en aquella dirección.
Como hay placas instaladas para montar un pasamanos, voy instalando la cuerda, terminando en una cornisa del lado derecho y sin ver más anclajes frente a mí. Podría seguir por la cornisa irregular, abandonando la cuerda, pero la continuación más allá no se ve clara. Desmontamos y volvemos para atrás, registrando bien la zona anterior para buscar un "by-pass", un camino alternativo que discurra hacia el Este esquivando aquel paso incierto.
De regreso nos llama la atención la coloración morada, posiblemente por la acción de una veta de magnesio, de un sector de formaciones al que no habíamos prestado atención a la ida.
Donde el pasamanos de Indiana Jones, pasando olímpicamente del mismo y bajando abajo, aparece una galería baja, con gours, tanto secos como llenos, con algunos barrizales enguarrados por los pisoteos y arrastres de los visitantes. La galería va laminándose y, tras girar lentamente, se dirige claramente hacia el Este, lo cual otorga esperanzas de que podría tratarse del by-pass que buscábamos (y que más tarde descubriremos que no existe). Pero termina cegándose.
Volvemos hacia atrás y descendemos hasta el río. Ahí aprovechamos para explorar la cuerda de nudos que nos habíamos dejado en ese nivel principal, junto al río. Esta cuerda sube por una rampa y conduce a una camarilla con otra cuerda y una escalera, y de ahí a un largo y recto túnel, estrecho y alto, salvo en su parte final donde se lamina ligeramente. Abundantes gours y formaciones. Suponemos que es el Nivel 2 (pero no, esto por lo visto es un nivel intermedio), que discurre por debajo de la zona que acabábamos de abandonar, pues en cierto punto las paredes cobraban un ligero tono morado, que podría venir de la misma veta de magnesio.
De nuevo abajo en el río, continuamos deshaciendo el camino hasta llegar a la cuerda para subir al Nivel 3. Como no habíamos logrado encontrar la continuación desde el otro lado, al menos subiremos por aquí.
Una vez arriba me dirijo primeramente hacia la derecha, donde atraen mi atención unas curiosas estalactitas entre dos pozas, y luego una corta cuerda de nudos para auparse hasta la parte de arriba. Al final de un breve recorrido hay un cordino doble alrededor de una columna para descender el pozo que se abre en el suelo y corta el paso. Tiro una cuerda y desciendo, pensando que podría haber más pozas con formaciones similares como las de más atrás.
Al llegar al fondo y echar un vistazo, no tardé en imaginar lo que iba a encontrar. Fui avanzando por la cornisa que volaba sobre una gran caída, hasta que no me quedó ninguna duda de que estaba en el pasamanos que descartamos cuando llegamos desde el otro lado.
De todas formas, si hubiésemos seguido en su momento, nos hubiéramos comido los mocos, pues no había cuerda instalada previamente para ascender. Aunque al regresar comprobé que la trepada era viable, gracias a las irregularidades de las paredes y la pudinga, en caso de necesidad se podría subir sin cuerda... pero sobretodo si tienes una pasada por el croll asegurándote.
Al regresar arriba, Marta venía de hacer una incursión interrumpida por la otra zona, y para allá que nos fuimos, por los ramales del Este. La otra zona era sin duda lo mejor de la cueva, allí donde se encontraban los espectáculos más curiosos de Fuentemolinos.
La larga galería, llegados a cierto punto, acumulaba tal profusión de excéntricas decorando techos y paredes, que me vino a la cabeza la Cueva del Muerto, incluso podría establecer un paralelismo espéleomístico entre el Paso de la Cárcel y el Paso del Paritorio. Pero lo más llamativo fueron los delgados suelos huecos y las plataformas de varios pisos que el nivel de las aguas había ido formando junto a las lagunillas.
Al final de la larga galería las formaciones que la atiborraban fueron despareciendo, dejando a la pudinga desnuda de nuevo, y el paso se fue comprimiendo por una serie de laminadores.
Estuvimos dentro unas 7 horas. Todos salimos contentos, encantados por la belleza de las formaciones y por la diversión de los recorridos y búsquedas.
La propuesta de esta cueva surgió tras una inconveniencia para realizar la cavidad que realmente estaba prevista inicialmente para esta fecha, y tras otras propuestas que no terminaban de satisfacer a todo el mundo. En este caso se puede decir que no hay bien que por mal no venga.


Clastos emergiendo de la pudinga, una característica de esta cueva

Avanzando por el río cuya galería va creciendo en altura



Gran colada en la galería principal





Formaciones tintadas de morado por el magnesio


La última poza del nivel 2 antes del pasamanos hacia el nivel 3. Tiene cierta profundidad y es necesario andarse con ojo si no te quieres dar un baño

El cómodo paso de la galería del nivel 2 se ve alterado por una caída sobre el nivel inferior que hay que salvar avanzando un trecho por una arriesgada cornisa, con un pasamanos de seguridad que está desmontado. A pocos metros al otro lado se halla el nivel 3

Arrecifes de gours coralinos

Bastoncillos

Por aquí hay que andar con cuidado para no destruir estos delgados suelos en forma de mesillas



Plataformas configuradas a lo largo de las variaciones del nivel del agua, en "el lago"

sábado, 26 de marzo de 2011

Sima Juan Herranz II


Climatología: Nubes apasteladas
Participantes: Miguel, José Luís, y David



Estos días anda lloviendo, y aunque la mañana se portó bien, los caminos estaban encharcados y convertidos en barrizales en algunos tramos, así que dejamos el coche en el refugio de la torreta con la idea de avanzar el kilómetro y medio que nos faltaba a pie.
Las "Juanas" son unas simas típicas para cursillos de iniciación, por lo que nos temíamos tener compañía. Mientras nos cambiábamos pasó el primer todo-terreno, que se convertirían en tres al final de la tarde.
Nos acercamos andando hasta la boca, mientras no parábamos de encontrar otra simas, allí estaban los del todoterreno (¿Espéleokatiuskas?) que iban a hacer primeramente la Juan Herranz I. Luego llegarían los de Geoda también.
La instalación de la Juan Herranz II había sido renovada recientemente por los del Club Viana, con anclajes fijos, aligerando la tarea. Usamos una cuerda de 100 del tirón para los pozos grandes, y cuerdas más pequeñas para el resto, debiendo de hacer un par de nudos de "pescador" por calcular mal las longitudes.
Una vez descendidos todos los pozos nos quitamos los arneses y nos introdujimos por el boquete del suelo que se abría en sala de aterrizaje final. Destrepando, llegamos a un paso obstruido por un derrumbe, donde hay que ascender unos pasos y deslizarse por un hueco entre lajas de bloques, y ya estamos en el corredor principal.
Tras un destrepe, para posteriormente volver a trepar, a mano izquierda, llegamos a la galería del lago. Ésta es la única zona con formaciones de tamaño superior a mísero de toda la cavidad, aunque se encuentran algo inaccesibles cayendo desde lo alto de una de las paredes de la sima que corta la galería y al fondo de la cual está el lago. Una cascada como lluvia cae de lo alto.
Volvemos hacia atrás para proseguir por el corredor que habíamos dejado momentáneamente, y nos vemos inmersos en unos meandros principalmente secos, aunque a ratos se atisbe agua, que van ganando en altura, con un peligroso paso aéreo en cierto punto. Algunos bloques se encuentran encajados en un equilibrio que parece que puede quebrarse cualquier día.
En cierto momento nos escurrimos hacia la derecha para destrepar hasta una galería más confortable y segura por la que discurre un arroyo. Lo remontamos corriente arriba, mojándonos los pies, un trayecto bastante cómodo de suelo regular y anchura suficiente. Al poco de pasar por una sala donde el espacio se expande, nos damos la vuelta al no parecer haber continuación.
Tomamos entonces a favor de la corriente, hasta que ésta desparece. Al frente una estrecha gatera laminador sustituye al arroyo. Pero en lugar de tirar por ahí, unos pasos antes, trepamos por una vía que se abre hacia lo alto y avanzamos por un piso superior, por unas salas más amplias en las que aparecen algunas geodas (cristalizaciones dentro de las rocas), volviendo a descender sobre la corriente un último tramo hasta una obstrucción donde damos por concluido nuestro avance por el meandro.
Al regresar por el piso superior, no volvemos a pasar por el río, y enganchamos directamente con los meandros secos superiores y el maldito paso aéreo, el cuál Miguel pasa sin pestañear, pero que a José y a mí nos hace recelar.
Tras dejar atrás el hito que indica la pequeña trepada hacia la galería del lago (ésta vez a mano derecha), nos pasamos de largo la trepada hacia la salida (ésta vez a mano izquierda) y acabamos reptando por un estrecho ventanuco de lajas lisas que lleva a un pozo con una corriente de agua.
Reculamos, sintiendo la cantidad de aire que sopla por múltiples ranuras impenetrables de la pared derecha, hasta reconocer el resalte correcto para regresar, y nos deslizamos entre las lajas lisas correctas.
Al otro lado de la obstrucción se abre otro pozo que de forma similar al de la galería que tomamos erróneamente, desciende hasta la corriente de agua.
Desde ahí sólo nos queda hacer una trepadita para aflorar en la sala donde dejamos los arneses y cacharros.
Nos tomamos un refrigerio antes de regresar.
Montaje de la cabecera del pozo de entrada, comenzando por el tronco de un árbol
En las zonas cercanas a la entrada hay que tener cuidado con dónde se ponen las manos, a la vista de estos moradores
Entre el primer y segundo gran pozo se encuentra una plataforma de rocas de la que parte esta instalación hacia un boquete en la pared. ¿Habrá algo allí? No lo miramos
Montaje en la plataforma intermedia, cabecera del P27
El segundo gran pozo (P27), desde la plataforma, mirando hacia abajo
Descendiendo el P27, mirando hacia abajo
Descendiendo el P27, mirando hacia la cabecera
Galería del Lago
El Lago, y la cascada como lluvia
Pilosidades
Coladas por las que resbala uno de los múltiples aportes de agua que recibe el arroyo
Formaciones murales "intestinales"
Ascendiendo para salir