sábado, 28 de mayo de 2011

Rozada-Lengo


Climatología: soleado
Participantes: Miguel, Luís, Marta y David

Estuvimos por la zona occidental de Cantabria, una zona poco conocida cueverilmente para el grupo.
Teniendo como base de cavidades seguras el minisistema Toyu-Rozada-Lengo, topografiado por Carlos Puch, empezamos la jornada del sábado con un pateo por la zona en busca de otras cuevas cuya localización no era tan clara.
Dimos por hecho que íbamos a encontrar lo que buscábamos, que estaba a unos pocos kilómetros, y por tanto fuimos cargando con todo el equipo, dispuestos a descender una eventual sima.
Tras 6 horas recorriendo caminos, selvas de avellanos, laderas empinadas e incluso andando por el río Latarmá (la parte más divertida), regresamos con las "manos vacías" al coche aparcado en la carretera de entrada de Venta Fresnedo, con los hombros hechos trizas del material que nos llevamos de paseo gratuítamente en las sacas.
Y es que no es plan hacer trekking vestido de teletubby.
Durante la mañana preguntamos a algunos lugareños que nos topamos y que nos dieron algunas pistas para encontrar al pastor que conocía la localización de la cueva. Encontramos a su hijo, divisándolo a lo alto de una ladera llevando el ganado, pero por no subir hasta allá, hablando a grito pelao en la distancia no logramos entendernos bien, y acabamos siendo dirigidos hacia otra cueva que no buscábamos: la Cueva del Manantial (habiendo pasado ya la línea provincial de Asturias), una de las varias resurgencias por las que resurge el Río Latarmá, que en varias ocasiones desaparece discurriendo por debajo de los montes para volver a reaparecer en el siguiente recuenco de valle cerrado.
De vuelta en el coche tras la trotada por los montes nos volvimos a encontrar con él, esta vez a corta distancia, y ya nos explicó la localización de la cueva que buscábamos. Más tarde aparecería finalmente el padre, acompañado de otro paisano que le había ido a buscar. Nos dieron más detalles, y a ellos se fueron sumando más vecinos de La Venta que al pasar por la carretera se iban deteniendo, uniéndose a la conversación o tomando el relevo.
Al final nos limitamos a entrar por Cueva Rozada y salir por la Torca de Lengo. No nos apetecía ya volver otra vez atrás a buscar la cueva con los nuevos datos.
Las coordenadas del Boletín Cántabro donde encontramos estas cavidades estaban mal, pero aun así, estas tres (Rozada, Lengo y Toyu) son fáciles de localizar al estar cerca de La Venta y ser conocidas por sus vecinos.
La entrada de Rozada se encuentra al lado derecho de la carretera, junto al aparcamiento en línea habilitado para excursionistas antes de entrar en La Venta. En una hondonada umbrosa, al pie de una pared tupidamente cubierta de árboles y vegetación, se abre la boca del tamaño de una puerta-trampilla, que conduce a una rampa repleta de derrubios.
Descendiendo y tirando más bien hacia la zona izquierda llegamos a un ramal de paredes con texturas de estratos claros y oscuros alternados que forman curiosos dibujos, a veces concéntricos. Al final de esta zona aparece un estrechamiento con el primer resalte. Se puede instalar una cuerda de ayuda, pero lo cierto es que no hace ninguna falta, se baja bien a pelo.
Abajo otro resalte que directamente se puede esquivar introduciéndonos por un pasaje bajo hacia la derecha.
Estamos en una sala de gran tamaño descendiendo por otra empinada rampa formada por coladas pulidas y arena sobre la que se pisa bien.
Al fondo la sala se comprime entre bloques y, puesto que la boca de la cavidad actúa eventualmente como sumidero, ahí se asientan los típicos restos orgánicos -¡y caracoles!- que son arrastrados por el agua desde el exterior para acumularse en una zona y pudrirse tranquilamente.
La roca es negra, limpia, brillante y afilada.
Unos pocos pasos más abajo el piso se precipita hacia el Lago Siniestro, donde observamos un sapo encaramado a la pared.
Para seguir harían falta neoprenos, y tener instalados los pozos desde el sumidero del Toyu, que es hacia donde conduce la galería inundada.
Nos damos media vuelta y ascendemos de nuevo hasta la zona de franjas de estratos, tomando más arriba el otro ramal, ascendente, que nos llevará hacia la salida de Torca Lengo.
Lo más llamativo es el túnel final, un meandro alto cuyas paredes presentan numerosas agarraderas y que en cierto momento adquieren el aspecto de una piel animal, moteadas con puntos negros.
Esta zona termina en una especie de ventanuco al otro lado del cual ya vemos la ténue claridad del exterior que cae desde lo alto. La trepada por la torca está algo enmarañada, cubierta de zarzas, y entre ellas afloramos por detrás de una casa, cerca de un camino que nos devuelve a la carretera.
 En resumen: un auténtico paseo.


Cueva del Manantial, de cuya gran boca sale el río Latarmá
¿Qué mejor forma de llegar a la boca del sumidero Toyu que caminando por el mismo río corriente abajo? Pero al llegar a las cascadas tuvimos que abortar la magnífica idea.
Boca del Toyu, que se traga el río Latarmá

Coladas en la segunda rampa, en la gran sala que desciende hacia el Lago Siniestro

Meandro de salida hacia Torca Lengo con curiosas texturas moteadas

sábado, 30 de abril de 2011

Fuentemolinos


Climatología: lluvia ligera
Participantes: Luis, Alfonso, Kike, Marta y David



Aparcamos los coches en el ensanche del camino frente al cartel de "CUEVA", y ascendimos hasta la boca de la surgencia. Estaba cerrada, pero accedimos desde más arriba por la gatera superior. Una gatera descendente bastante amplia y cómoda.
A medida que nos vamos internando, va aumentando el ruido de un tremendo rugido que suena como mi lavadora centrifugando. Es el agua que se precipita con fuerza por una cascada, donde un cable de acero sirve de ayuda a modo de pasamanos. Si bien en esta ocasión no era estrictamente necesario, lo será cuando el caudal del agua sea mayor.
Arriba el agua anda más calmada, aunque seguía tronando la caída de agua por aquel paso de pequeña sección y con redondeados clastos emergiendo de las paredes. Tras muy pocos metros este túnel por el que discurre el río se abre a un espacio más amplio.
La galería va cobrando cada vez mayores dimensiones con dirección Oeste, un paseo cómodo caminando sobre el agua, entre los curiosos efectos ingrávidos de la pudinga, tímidas formaciones que irán incrementándose y ganando en porte y multitud de microformas de precipitación como los "bosques de abetos", los "corales", o las "lentejas".
Tras subir y bajar uno de los varios obstáculos que bloquean a veces el río, nos encontramos con una cuerda que desciende desde lo alto, que supuestamente conduce al nivel 3. La dejamos para el regreso y continuamos chapoteando por el cauce.
Inmediatamante nos sumergimos en toda una exposición de cortinajes y pieles (o más bien ellos nos sumergen a nosotros), gigantescas coladas pardas, blancas y multicapa se precipitan desde las alturas.
Tras algunas eses, y dejando atrás una cuerda de nudos y una escala aupada sobre un resalte alto, se nos abre a la derecha lo que barajamos pudiera ser el caos de bloques que hay que trepar para ascender al tercer nivel, según la copla con la que se había quedado Luís "Al llegar al caos de bloques, trepada hacia atrás". Son algunos bloques y una empinada rampa de coladas con muy mala pinta en un vistazo inicial.
Kike la sube el primero sin pestañear, las coladas están secas y descascarilladas en algunos puntos, lo que hace que la trepada sea más segura de lo que parecía desde abajo.
Como hay varias posibilidades, primeramente, desde media altura de la rampa me aupo hasta un repecho que conduce a un túnel que corre en paralelo al río, cuando de pronto me encuentro con Marta saliendo de un agujero lateral a la izquierda. Viendo que el túnel se precipitaba de nuevo hacia el río por el otro extremo, hacia el Oeste, volvemos a descender todos -que ya nos habíamos reagrupado arriba- por este último paso, reptando incómodamente entre resquicios de bloques, que parece más seguro que el repecho, fácil de subir pero arriesgado de bajar.
Volvemos a subir por la colada como si no hubiera pasado nada, y tomamos la segunda opción, accediendo a otra galería alta que en dirección contraria, hacia el Este, vuelve a precipitarse hacia el río. Unos pasos atrás nos disponemos a trepar bloques buscando continuación hacia arriba y localizamos una cuerda de nudos antes de que bloques pueda justificar su plural.
Más arriba salimos de frente según nos deja la cuerda, ascendiendo hasta alcanzar una repisa con un ventanuco con una X negra hacia el Oeste que descartamos. Ratoneamos por los vericuetos alcanzando pasos aéreos que nos llevan a los techos de aquel barrio pero que no parecen ir a sacarnos de él.
Así que, de nuevo, volvemos a la zona de la cabecera de la cuerda, y, en la pared opuesta, nos colamos por una abertura que lleva la dirección de la galería de abajo.
A través de un estrecho paso sobrevolamos los pisos en los que antes estuvimos, y llegamos de nuevo a una cornisa que se precipita sobre el río. Trepamos, cambiamos de dirección, y continuamos ascendiendo escurriéndonos por las rendijas de los bloques.
Y por fin hemos alcanzado el tope. Al borde de una caída que se abre hacia el Oeste, en torno a una gruesa estalagmita, se halla una cinta para instalar una cuerda que ataje parte de toda esta vuelta, pues no hemos hecho sino ir ganando altura como si estuviéramos en una torre, escalando girando en sentido antihorario.
Paramos aquí a comer algo, junto a un curioso gour seco con perímetro poligonal.
Y marchamos hacia el Este, por una galería que promete formidables formaciones.
Enseguida nos encontramos un pasamanos ideal para una peli de Indiana Jones, y tras atravesarlo continuamos descendiendo en la misma dirección que llevábamos.
Alcanzamos una bonita zona con pozas, gours y muchas formaciones.
Al final la galería se estrecha y forma una rampa que se precipita al vacío. A juzgar por la decoración que se ve por abajo, sospechamos estar sobre la zona de los cortinajes, lo cual nos confirmaba que más adelante se hallaría la cuerda del nivel 3 que caía hacia el curso de agua principal, y que por tanto debíamos seguir en aquella dirección.
Como hay placas instaladas para montar un pasamanos, voy instalando la cuerda, terminando en una cornisa del lado derecho y sin ver más anclajes frente a mí. Podría seguir por la cornisa irregular, abandonando la cuerda, pero la continuación más allá no se ve clara. Desmontamos y volvemos para atrás, registrando bien la zona anterior para buscar un "by-pass", un camino alternativo que discurra hacia el Este esquivando aquel paso incierto.
De regreso nos llama la atención la coloración morada, posiblemente por la acción de una veta de magnesio, de un sector de formaciones al que no habíamos prestado atención a la ida.
Donde el pasamanos de Indiana Jones, pasando olímpicamente del mismo y bajando abajo, aparece una galería baja, con gours, tanto secos como llenos, con algunos barrizales enguarrados por los pisoteos y arrastres de los visitantes. La galería va laminándose y, tras girar lentamente, se dirige claramente hacia el Este, lo cual otorga esperanzas de que podría tratarse del by-pass que buscábamos (y que más tarde descubriremos que no existe). Pero termina cegándose.
Volvemos hacia atrás y descendemos hasta el río. Ahí aprovechamos para explorar la cuerda de nudos que nos habíamos dejado en ese nivel principal, junto al río. Esta cuerda sube por una rampa y conduce a una camarilla con otra cuerda y una escalera, y de ahí a un largo y recto túnel, estrecho y alto, salvo en su parte final donde se lamina ligeramente. Abundantes gours y formaciones. Suponemos que es el Nivel 2 (pero no, esto por lo visto es un nivel intermedio), que discurre por debajo de la zona que acabábamos de abandonar, pues en cierto punto las paredes cobraban un ligero tono morado, que podría venir de la misma veta de magnesio.
De nuevo abajo en el río, continuamos deshaciendo el camino hasta llegar a la cuerda para subir al Nivel 3. Como no habíamos logrado encontrar la continuación desde el otro lado, al menos subiremos por aquí.
Una vez arriba me dirijo primeramente hacia la derecha, donde atraen mi atención unas curiosas estalactitas entre dos pozas, y luego una corta cuerda de nudos para auparse hasta la parte de arriba. Al final de un breve recorrido hay un cordino doble alrededor de una columna para descender el pozo que se abre en el suelo y corta el paso. Tiro una cuerda y desciendo, pensando que podría haber más pozas con formaciones similares como las de más atrás.
Al llegar al fondo y echar un vistazo, no tardé en imaginar lo que iba a encontrar. Fui avanzando por la cornisa que volaba sobre una gran caída, hasta que no me quedó ninguna duda de que estaba en el pasamanos que descartamos cuando llegamos desde el otro lado.
De todas formas, si hubiésemos seguido en su momento, nos hubiéramos comido los mocos, pues no había cuerda instalada previamente para ascender. Aunque al regresar comprobé que la trepada era viable, gracias a las irregularidades de las paredes y la pudinga, en caso de necesidad se podría subir sin cuerda... pero sobretodo si tienes una pasada por el croll asegurándote.
Al regresar arriba, Marta venía de hacer una incursión interrumpida por la otra zona, y para allá que nos fuimos, por los ramales del Este. La otra zona era sin duda lo mejor de la cueva, allí donde se encontraban los espectáculos más curiosos de Fuentemolinos.
La larga galería, llegados a cierto punto, acumulaba tal profusión de excéntricas decorando techos y paredes, que me vino a la cabeza la Cueva del Muerto, incluso podría establecer un paralelismo espéleomístico entre el Paso de la Cárcel y el Paso del Paritorio. Pero lo más llamativo fueron los delgados suelos huecos y las plataformas de varios pisos que el nivel de las aguas había ido formando junto a las lagunillas.
Al final de la larga galería las formaciones que la atiborraban fueron despareciendo, dejando a la pudinga desnuda de nuevo, y el paso se fue comprimiendo por una serie de laminadores.
Estuvimos dentro unas 7 horas. Todos salimos contentos, encantados por la belleza de las formaciones y por la diversión de los recorridos y búsquedas.
La propuesta de esta cueva surgió tras una inconveniencia para realizar la cavidad que realmente estaba prevista inicialmente para esta fecha, y tras otras propuestas que no terminaban de satisfacer a todo el mundo. En este caso se puede decir que no hay bien que por mal no venga.


Clastos emergiendo de la pudinga, una característica de esta cueva

Avanzando por el río cuya galería va creciendo en altura



Gran colada en la galería principal





Formaciones tintadas de morado por el magnesio


La última poza del nivel 2 antes del pasamanos hacia el nivel 3. Tiene cierta profundidad y es necesario andarse con ojo si no te quieres dar un baño

El cómodo paso de la galería del nivel 2 se ve alterado por una caída sobre el nivel inferior que hay que salvar avanzando un trecho por una arriesgada cornisa, con un pasamanos de seguridad que está desmontado. A pocos metros al otro lado se halla el nivel 3

Arrecifes de gours coralinos

Bastoncillos

Por aquí hay que andar con cuidado para no destruir estos delgados suelos en forma de mesillas



Plataformas configuradas a lo largo de las variaciones del nivel del agua, en "el lago"

sábado, 26 de marzo de 2011

Sima Juan Herranz II


Climatología: Nubes apasteladas
Participantes: Miguel, José Luís, y David



Estos días anda lloviendo, y aunque la mañana se portó bien, los caminos estaban encharcados y convertidos en barrizales en algunos tramos, así que dejamos el coche en el refugio de la torreta con la idea de avanzar el kilómetro y medio que nos faltaba a pie.
Las "Juanas" son unas simas típicas para cursillos de iniciación, por lo que nos temíamos tener compañía. Mientras nos cambiábamos pasó el primer todo-terreno, que se convertirían en tres al final de la tarde.
Nos acercamos andando hasta la boca, mientras no parábamos de encontrar otra simas, allí estaban los del todoterreno (¿Espéleokatiuskas?) que iban a hacer primeramente la Juan Herranz I. Luego llegarían los de Geoda también.
La instalación de la Juan Herranz II había sido renovada recientemente por los del Club Viana, con anclajes fijos, aligerando la tarea. Usamos una cuerda de 100 del tirón para los pozos grandes, y cuerdas más pequeñas para el resto, debiendo de hacer un par de nudos de "pescador" por calcular mal las longitudes.
Una vez descendidos todos los pozos nos quitamos los arneses y nos introdujimos por el boquete del suelo que se abría en sala de aterrizaje final. Destrepando, llegamos a un paso obstruido por un derrumbe, donde hay que ascender unos pasos y deslizarse por un hueco entre lajas de bloques, y ya estamos en el corredor principal.
Tras un destrepe, para posteriormente volver a trepar, a mano izquierda, llegamos a la galería del lago. Ésta es la única zona con formaciones de tamaño superior a mísero de toda la cavidad, aunque se encuentran algo inaccesibles cayendo desde lo alto de una de las paredes de la sima que corta la galería y al fondo de la cual está el lago. Una cascada como lluvia cae de lo alto.
Volvemos hacia atrás para proseguir por el corredor que habíamos dejado momentáneamente, y nos vemos inmersos en unos meandros principalmente secos, aunque a ratos se atisbe agua, que van ganando en altura, con un peligroso paso aéreo en cierto punto. Algunos bloques se encuentran encajados en un equilibrio que parece que puede quebrarse cualquier día.
En cierto momento nos escurrimos hacia la derecha para destrepar hasta una galería más confortable y segura por la que discurre un arroyo. Lo remontamos corriente arriba, mojándonos los pies, un trayecto bastante cómodo de suelo regular y anchura suficiente. Al poco de pasar por una sala donde el espacio se expande, nos damos la vuelta al no parecer haber continuación.
Tomamos entonces a favor de la corriente, hasta que ésta desparece. Al frente una estrecha gatera laminador sustituye al arroyo. Pero en lugar de tirar por ahí, unos pasos antes, trepamos por una vía que se abre hacia lo alto y avanzamos por un piso superior, por unas salas más amplias en las que aparecen algunas geodas (cristalizaciones dentro de las rocas), volviendo a descender sobre la corriente un último tramo hasta una obstrucción donde damos por concluido nuestro avance por el meandro.
Al regresar por el piso superior, no volvemos a pasar por el río, y enganchamos directamente con los meandros secos superiores y el maldito paso aéreo, el cuál Miguel pasa sin pestañear, pero que a José y a mí nos hace recelar.
Tras dejar atrás el hito que indica la pequeña trepada hacia la galería del lago (ésta vez a mano derecha), nos pasamos de largo la trepada hacia la salida (ésta vez a mano izquierda) y acabamos reptando por un estrecho ventanuco de lajas lisas que lleva a un pozo con una corriente de agua.
Reculamos, sintiendo la cantidad de aire que sopla por múltiples ranuras impenetrables de la pared derecha, hasta reconocer el resalte correcto para regresar, y nos deslizamos entre las lajas lisas correctas.
Al otro lado de la obstrucción se abre otro pozo que de forma similar al de la galería que tomamos erróneamente, desciende hasta la corriente de agua.
Desde ahí sólo nos queda hacer una trepadita para aflorar en la sala donde dejamos los arneses y cacharros.
Nos tomamos un refrigerio antes de regresar.
Montaje de la cabecera del pozo de entrada, comenzando por el tronco de un árbol
En las zonas cercanas a la entrada hay que tener cuidado con dónde se ponen las manos, a la vista de estos moradores
Entre el primer y segundo gran pozo se encuentra una plataforma de rocas de la que parte esta instalación hacia un boquete en la pared. ¿Habrá algo allí? No lo miramos
Montaje en la plataforma intermedia, cabecera del P27
El segundo gran pozo (P27), desde la plataforma, mirando hacia abajo
Descendiendo el P27, mirando hacia abajo
Descendiendo el P27, mirando hacia la cabecera
Galería del Lago
El Lago, y la cascada como lluvia
Pilosidades
Coladas por las que resbala uno de los múltiples aportes de agua que recibe el arroyo
Formaciones murales "intestinales"
Ascendiendo para salir

sábado, 5 de marzo de 2011

Sima del Portillo


Climatología: Soleado
Participantes: Quique, José Luís, José Manuel, Marta, Miguel y David



Al poco de comenzar a ascender por la pista forestal, uno de los coche hubo de quedar en la cuneta a causa de la nieve que hacía patinar las ruedas.
El otro prosiguió con cadenas el par de kilómetros que faltaba hasta las proximidades de la boca.
Tras montar la cabecera de la sima, descendemos en volado hasta una rampa pedregosa en una gran sala tapizada por coladas. El olor nada más empezar a descender se hace pestilente, una mezcla de humedad y muerte, sin duda debido a la caída accidental de algunos animales.
Descendiendo por las piedras sueltas, nos introducimos por un pasaje al fondo a la derecha que conduce hasta un pozo en una estrecha diaclasa. Sin no andamos con cuidado las piedras acumuladas rodarán a nuestro paso precipitándose sobre las cabezas de los compañeros que vayan más adelante, por lo que no está de más pasar por turnos, de uno en uno.
Pasada la diaclasa, que a los más anchos les costará bajar (y más aún subir), aparece un tobogán resbaladizo que sólo los más ágiles podrán escalar a la vuelta, de subida, sin ayuda de un compañero.
Las galerías poseen dimensiones cómodas para el avance. Descendemos por un pasamanos que se precipita sobre un boquete con agua, y más adelante aparece la gatera llamada el Paso de los Cepelados.
Justo a continuación aparece otro tobogán fácil de descender y no tanto de subir sin ayuda, y de seguido un embudo resbaladizo se precipita hacia abajo.
Instalamos aquí otra cuerda dada la peligrosidad de esta bajada.
Más adelante aparece otro laguito cortando el paso, y que hay que esquivar arrimado a la pared derecha si no queremos mojarnos.
En cierto punto llegamos a una cuerda que asciende unos pocos metros por un boquete en el techo. Algunos desconchones en el suelo permiten apreciar un reguerillo de agua que discurre bajo nuestros pies. Dejando momentáneamente la cuerda, seguimos de frente, y escurriéndonos por una incómoda gatera afloramos a un meandro arcilloso, con la sensación de andar sobre plastilina, que desciende con el agua correteando por debajo hasta sifonarse. El regreso es un poco más difícil, ya que la gatera de entrada a este sector emerge en medio de una pared, y al hacer el recorrido inverso nos vemos con medio cuerpo dentro y las piernas en el aire buscando a ciegas un punto de apoyo.
Habiendo regresado a la cuerda, ascendemos ésta y otra más adelante que salva una rampa y un pequeño boquete, y llegamos a la sala más bonita de la cueva, con curiosas formaciones, sobre todo teniendo en cuenta que desde la gran sala del fondo de la sima hasta aquí las únicas formaciones de interés que habían aparecido eran una especie de minibosquetes de abetos formados por precipitación de arcilla.
Del techo de la sala cuelga una cuerda que asciende hacia otro nivel superior. Miguel había indagado por ahí hace años, pero en esta ocasión no lo hicimos. Proseguimos adelante destrepando por una grieta hasta alcanzar el río, a cuya orilla dimos media vuelta.



La bajada se realiza prácticamente en volado hasta alcanzar la rampa pedregosa del fondo de la sima
Gran sala del fondo de la sima, con coladas y algunas formaciones
Pozo en forma de diaclasa al fondo de la sala de aterrizaje de la sima, que pondrá en dificultades a los más anchos.
El Paso de los Cepelados
Atravesando el Paso de los Cepelados
Embudo tras el Paso de los Cepelados
Abetal formado por precipitación de la arcilla
Atravesando el pequeño lago
Formaciones en la sala más bonita de la cueva
En algunas zonas brillan estrellas de constelaciones subterráneas

El sifón final, con forma de garganta, con la campanilla colgando

sábado, 20 de noviembre de 2010

Torquilla de Urrez


Participantes: Luis, Miguel y David
Climatología: Una rasca de tres pares de narices.
 
Llegamos a la zona donde supuestamente estaba la sima, sin saber su lugar exacto, pero rápidamente la encontramos, apenas bajar del coche. No tenía pérdida en medio de aquel páramo deforestado, muy cerca de donde el camino cambia de dirección al final del barranco.
El camino para llegar está bien al principio, luego aparecen baches y hondonadas inundadas con charcos de las lluvias recientes, y afloraciones pedregosas, pero nada grave. Tras encontrar la boca, volvimos rápidamente al coche antes de helarnos, y lo acercamos a una de las cabañas cercanas entre los robledales para resguardarnos del viento polar que soplaba.

Instalamos la cuerda haciendo fraccionamiento con pasamanos en la repisa inferior y pa' bajo.
La temperatura del interior de la cavidad era muy placentera, confortable, sobre todo en comparación con la superficie.

Fue una visita un tanto escasa, ya que al no conocer la cavidad ni sus recovecos, pasamos más tiempo buscando que recorriendo.
La gran sala de aterrizaje comunica con  otra grande en rampa, con cables de acero instalados para hacer más seguro el descenso. Dejando atrás las amplitudes enfilamos todo recto rumbo norte, hasta que advertí con mi brújula que la gatera por la que nos estábamos encajonando estaba derivando hacia el este, y según la topo, conduciría a un ramal ciego. Miguel se adelantó más, pero finalmente decidió retroceder ante mis continuas voces de que aquello se iba a cegar. Mal hecho pues consultando a posteriori, nos perdimos toparnos con La Sala de la Música, que andaría por aquellos recovecos.
Retrocedimos hasta encontrar el paso correcto, una estrechez que se pasaba mejor por arriba, por un ventanuco, y que conducía a través de un corto meandro seco hasta un pequeño pozo equipado con una escalera formada a base de cadenas.
Proseguimos entre los caos de bloques y perdimos un buen tiempo buscando la continuación hacia la Sala del Murciélago, que resultó ser un laminador descendente que habíamos descartado en el vistazo inicial por creer que se cegaría.
Descendiendo por el citado laminador alcanzamos un pequeño cauce de agua y enseguida la galería cobró grandes dimensiones, que aumentarían más aún más adelante.

El túnel se precipita al vacío, aumentando la sensación de enormidad, con grandes caídas de barro resbaladizo y rocas blandas. Observamos una bajada-tobogán por el centro, muy divertida si hubiera una piscina al final, pero pensamos que es mejor no arriesgarnos a partirnos los huesos, así que descendemos arrimados a la pared derecha, donde hay más afloraciones rocosas a las que agarrarse.
Tras otro subibaja por caos de bloques llegamos al final del sector de la inmensa galería, con una gran colada seca al frente y cristales de yeso a la izquierda. Tanteamos por lo alto sin hallar pasos, y descendiendo un pequeño resalte con una cinta anudada de ayuda, pero a continuación se abre un balcón con una gran caída sobre la zona siguiente, si había anclajes no los vi. Al lado una gatera descendente muy estrecha que descartamos.

Observando la topografía nos queda claro que hay que encontrar un paso bajo los caos de bloques, barajamos explorar algunos huecos, pero decidimos regresar, pues Luis había decidió volver hacia la salida tras encabronarse con una estrechez y con su carburera que iluminaba menos que una luciérnaga fotofóbica, además que yo empecé a sentir malestar, quizá hubiera cogido frío.

El exterior nos recibió con el mismo frío, tanto que la boca de la sima parecía exhalar vapores cálidos y termales. Pude observar divertido cómo Miguel salía envuelto en una nube de humo (vapor de agua) a causa del fuerte cambio térmico.

Quizá haya más adelante ocasión de volver a esta cavidad, y para esa ocasión ya sabremos lo que hay que hacer.


Bien, ya hemos localizado la entrada,
por cierto ¿hace algo de rasca, no?
¡Todos corriendo de nuevo al coche!



Ya estamos dentro, la temperatura del interior de la cueva nos reconforta y hace que nuestras orejillas coloradas vuelvan a su color normal.



 Esto es un anclaje, y lo demás son tonterías.



 Descendiendo ayudados por los cables de acero montados en la segunda sala de la cueva.



Saliendo de los meandros por la estrechez final hacia la escalera de cadenas.
¡Empuja, empuja! ¡Ya sale! Si es niño se llamará Miguel Ángel.



 Cristales de yeso al final de la Sala del Murciélago.



 Debo suponer que esto es el murciélago que da nombre a la Sala del Murciélago...



Remontando el tramo volado del pozo de salida.



La luz del exterior...



 Miguel echando humo en la subida.