sábado, 19 de mayo de 2012

Sima del Campo


Climatología: tiempo inestable
Participantes: José Manuel, Miguel y David



Tras una parada en Sacedón para enfundarnos un bocata (que hay que pedir como montado), nos dirigimos a la localidad conquense por los pelos de El Pozuelo, sin dejar de mirar de reojo los nubarrones del cielo.
Como los demás ya habían hecho varias veces esta cavidad, los primeros pasos fueron casi mecánicos, hasta que tocó buscar la vía hacia el pozo Skat a través del meandro, por evitar las gateras.
Descendiendo el meandro principal que parte del laguito de la entrada, y arrimándonos hacia la derecha, el recorrido llega un momento en el que se desfonda hacia un resalte con una poza, y un enorme tronco encajado en la cornisa a fecha de hoy. Debemos continuar de frente pero sin descender hacia la poza, sino empotrándonos por la zona alta, para alcanzar un incómodo pasaje en el techo, y desde éste doblar a mano derecha por otro pasaje que tira hacia atrás.
Enseguida nos encontramos con un primer estrecho pozo, y dos cabezazos contra el techo más allá, con un segundo estrecho pozo con dos anclajes, y una cinta al otro lado de un ventanuco (que conduce al paso de las gateras). Ésta es la cabecera del pozo Skat, en una ratonera bastante incómoda para aguardar.
Va montando Miguel, baja luego Jose y yo cerrando. Al comienzo el pozo aparenta ser muy estrecho, pero en seguida se amplía, y en general es bastante cómodo.
Jose iba a estrenar una minicámara de vídeo de casco que había comprado por Internet, pero apenas había descendido hasta el primer fraccionamiento, un golpe con las paredes hizo que la cámara se fuera a hacer puñetas hacia las profundidades. Más abajo iríamos encontrando pedacitos de ella.
Pero no fue la única cosa que se cayó. En el segundo resalte, un bote de Isostar que iba en mi saca, demasiado llena y mal cerrada, acabó por salirse y cayó friccionando sonoramente contra las paredes del pozo, como una tabla de snowboard, dejándonos a todos helados, sobre todo a los que estaban más abajo.
Y sin más contratiempos... ... ... llegamos al Paso de la Penuria, que Jose decidió no pasar debido a la estrechez.
Bajamos Miguel y yo hasta el sifón final, para verlo, y para pringarnos las botas de fango.
Y comenzamos a regresar rápidamente, sin parada, ya que a la vista de la inestabilidad del tiempo, nos convenía salir cuanto antes.
Al alcanzar de nuevo el fondo de la torca chispeaba, y enseguida la lluvia se volvió más densa. Nos tocó mojarnos un poco mientras nos cambiábamos.


Descendiendo al fondo de la torca


Cabecera del pozo Skat


Pozo Skat


En una cornisa del pozo había algunos restos de lo que podría ser una cámara de vídeo...


Así queda un bote de Isostar tras descender 50 metros.

El Paso de la Penuria

Ascendiendo por el Skat

sábado, 10 de marzo de 2012

Mortero del Crucero-La Calaca


Climatología: soleado y temperatura agradable
Participantes: José Manuel, Luís, Kike, y David



La pista hormigonada que parte de Astrana y asciende hasta las cercanías del Mortero de Astrana continúa un trecho más, dejando paso a un camino en no demasiado mal estado.
Poco antes de pasar entre los dos Mazos, divisamos una batería de coches y nos detuvimos momentáneamente a preguntar a los que se estaban cambiando, que eran del grupo de Geológicas de Madrid, qué cueva iban a hacer. Casualmente la misma que nosotros, pese a que faltaba aún un trecho para llegar al punto de aproximación.
Y es que poco más adelante se interponía una tremenda rampa recubierta de cantos rodados que los coches no pudieron subir. Kike hizo un único intento de remontarla, y tras terminar clavado con las ruedas patinando, decidió dejarse caer y aparcar junto a los demás.
Por no montar dos cuerdas sobre la misma instalación de entrada, los de Geológicas nos permitieron amablemente usar la suya para descender el Crucero, y para la salida cada cual montó la suya, ya que si bien entraríamos al tiempo, saldríamos por separado, pues ellos iban con cursillistas con la idea de dejarles desenvolverse por su cuenta.
Nada más tocar fondo por la cuerda, en la posición de mirando a la pared, tomamos pegados a la pared de la izquierda hasta encontrar el río, y lo seguimos hacia la derecha, donde en seguida se obstruye.
Hay que atravesar un hueco entre bloques y llegamos a una sala en cuesta en lo alto de la cual cae la cuerda que sube hasta el piso de los meandros.
Primeramente una pequeña gatera, y tras un resalte equipado con cuerda, un pasaje cómodo y polvoriento. Avanzamos con pocas dudas guiados por el sonido delator del otro grupo que iba ligeramente por delante.
Tras un par de quiebros alcanzamos un desfondamiento, donde la cueva se ensanchaba, y pasado éste, rodeándolo por la izquierda para luego seguir por la derecha, en dirección opuesta a una zona con pequeñas formaciones, los del GEG hicieron una pausa y nos adelantamos, armados de brújula, topo y reseña. Desde ahí todo derecho por la galería hasta que ésta se laminaba, nos introdujimos por la pequeña boca de meandro que se abría de frente para, sin haber apenas avanzado, tirar por un ramal a la izquierda, emergiendo así instantáneamente a una amplia galería descendente caracterizada por una rampa arenosa y "pendants" pendiendo del techo.
Alertados por las reseñas que habíamos leído de otros grupos, tomamos la dirección adecuada para no terminar en el famoso "Gran Mogollonazo", en el que acaban los que desean perderse para alargar un poco la travesía que, la verdad, es bastante corta.
Ascendimos la rampa arenosa, repleta de pisadas, hasta una zona donde los pendones estaban recubiertos de cristalizaciones de calcita blanca. No vimos muy clara la trepada de la gran roca que mencionaba alguna reseña; por otro lado, desde lo alto partía una ruta muy marcada que, según la brújula, iba derecha hacia... ¡El Gran Mogollonazo!
Total, descendimos de nuevo para continuar por el fondo de la gran galería dirección suroeste, y empezaron a brotar del suelo, si no aguas, porque aguas no había, signos de que por allí correría un pequeño río cuando no hubiese sequía: el Río Negro.
Los "pendants" seguían acompañándonos, sólo que al alcanzar el final de la pendiente, en lugar de mirarnos desde lo alto de los techos, habían descendido hasta nuestro nivel, casi rozando el suelo.
Sorteando aquellos pendones enseguida llegamos a un punto donde el túnel reducía sus dimensiones y se dividía claramente. Tomamos por el túnel de la derecha e ipso-facto comenzamos a ascender, primero una rampa y luego una montaña de bloques bajo una techumbre de gran altura, ayudándonos en el primer tramo de una cuerda montada.
Así trepamos unos cuantos bloques hasta alcanzar la línea de cumbrera de aquella montañita subterránea en la que crecían algunos arbolitos, y luego descendimos por la otra vertiente, pegándonos más bien a la izquierda para no confundirnos más adelante y tomar en esa dirección hacia un gran desfondamiento.
Rodeando la caída por la izquierda, alcanzamos la base de un corto resalte montado con cuerda y, una vez superado, ya estábamos distinguiendo la luz del exterior.
En el fondo de la torca, iluminada por una mortecina luz azulada, dos montículos de nieve, varias calaveras de vaca, y dos cuerdas cayendo desde lo alto. Bonita estampa y... ¡vaya travesía más corta! Hasta aquí llevábamos unas 3 horas.
Nos tomamos la merienda allí abajo antes de subir y al poco escuchamos una primera voz procedente de las entrañas de la tierra "¡Se ve luz!". Nos despedimos desde arriba de los primeros del GEG en cuanto asoman por la torca, y nos marchamos.
De regreso al coche nos liamos a echar fotos a diestro y siniestro pues justo nos pilló esa luz mágica que precede al ocaso...








Al poco de tocar fondo por el Crucero, un corto resalte montado con cuerda nos sitúa al comienzo del piso superior de meandros


Pendón recubierto de cristalizaciones de calcita


Pendones sobre el Río Negro, que iba seco, que rima con negro.


Fondo de la torca de La Calaca, eventual nevero





sábado, 15 de octubre de 2011

Solviejo-Rayo de Sol


Participantes: Miguel, José Manuel, Kike, Luís, Alfonso, José Luís y David
Climatología: soleado, tiempo más veraniego que otoñal.


¡No quiero excusas!
Tras llegar hasta donde pudimos por la pista que parte de la carretera entre Secadura y Solórzano, aparcamos los coches y continuamos a pie por el camino continuación de la ruta que llevábamos. Al poco, tras salvar un par de cercas, nos zambullimos en una de las frondosas plantaciones de eucaliptos que abundan por la zona.
En el bosque se desdibujaba unos instantes el camino, pero reaparecía de nuevo marcado más abajo, y entre eucaliptos llegamos hasta la cabaña de piedra que nos serviría de referencia para encontrar las dos bocas de la travesía.
El problema es que los que habían estado aquí hacía una década recordaban el entorno de una forma bien distinta. Para empezar no había eucaliptos, ni tan enrevesada vegetación en las vaguadas.
Para encontrar Rayo de Sol descendimos por una sombría selva habitada por grandes arañas con sus telas tendidas entre los árboles, y no estaba de más ir con un palo por delante abriendo camino si no querías acabar con un ejemplar correteando por tu cara.
Tras localizar Miguel la boca, al costado de un barranco seco, comprobamos que el pasamanos de la estrecha diaclasa de salida estaba montado, y supusimos que los pozos interiores lo estarían de igual forma, así que, sin más, marchamos a buscar la otra cueva, la de Solviejo, que al final hallamos siguiendo una senda que se internaba en una mancha de vegetación impenetrable. La boca se abría poco antes de que la maraña se disipase en un prado despejado.


Tras una corta bajada desde la boca, el túnel se precipita sobre una gran sala. La visibilidad a larga distancia es muy buena, y llama la atención la escasez de humedad y partículas enturbiando en el aire en comparación con otras cuevas.
Entramos algo tarde y, tras descender el primer pozo para aterrizar en el fondo de la gran sala de entrada, decidimos hacer una visita mucho más rápida de lo que estaba previsto a la zona llamada "El viaje rápido".



Algunos se quedaron esperando allí mismo mientras otros fuimos para allá por el corredor que ascendía a mano izquierda, con una cuerda montada de ayuda para salvar un primer desnivel.
Por aquel ramal no tardaron en hacer acto de presencia llamativas formaciones, grandes columnas y bordes estalactitados brillantes. Pasada la llamada "Sala de la Neurona" llama la atención un largo bloque que atraviesa el corredor de un extremo a otro, cual viga sujetando el techo, y con una notable fractura en el centro que sugería que aquella estructura podría ceder en cualquier momento.


Conviene que alguien se quede sujetando esto mientras los demás salen de la cueva...
Desde ahí, José y yo destrepamos por un agujero a la izquierda, y Miguel y Alfonso fueron a husmear por la derecha.
Tras unos destrepes alcanzamos un corredor con un cómodo firme que permitía avanzar por él a gran velocidad, lo que se me figuró una buena justificación para el nombre de la zona, "Viaje Rápido". Alcanzamos una especie de foso, donde había que realizar una corta trepada para continuar, y ahí nos dimos la vuelta, retrocediendo hasta una zona previa con formaciones donde habíamos anotado para luego un bonito pasaje lateral que comunicaría con otro ramal paralelo, que a su vez nos llevaría hasta una sala con grandes columnas. Destacar de esta zona la proliferación de fragmentos de paramento que se han desprendido, conservando las formaciones que tenían, y que ahora tienen un ángulo diferente de la vertical. Algunos de estos trozos se han fundido con formaciones que han crecido posteriormente en la dirección usual que la gravedad dicta.


Bloques de formaciones desprendidos y revirados de su posición original
Cuando regresamos a la zona de la viga a punto de partir, Alfonso nos informó que Miguel había venido detrás, y sin duda nos habíamos cruzado sin vernos al introducirnos por el ramal paralelo.
Una vez reunido todo el grupo de nuevo, continuamos la travesía ascendiendo desde la gran sala de entrada hacia la parte derecha, por una rampa y ayudados por otra de las muchas cuerdas montadas que encontraremos en la cueva para evitar resbalones.



Arriba más bellas formaciones, y en seguida descendemos de nuevo, hasta el borde de un pozo de unos 25 metros (así a ojo) que comienza con la cuerda rozando en roca pulida, y termina volando para aterrizar junto a un pequeño charco.



Tras haber bajado, hay que volver a subir por una ladera, "a la sombra" de un pepinaco de bloque que vuela ingrávidamente. Nos ayudamos en un tramo por una cuerda montada, y al llegar a lo alto de la loma... a descender de nuevo por la ladera opuesta, también con cuerdas montadas.


Descendiendo por la ladera del otro lado
Hasta ahora nos hemos movido por grandes espacios de altos techos, y ahora toca abandonarlos para pasar por debajo de la gran sala de entrada: mirando hacia el sur, un agujero a la derecha nos lleva a un meandro por el que inicialmente se camina muy cómodamente. Tras salvar un pequeño desfondamiento, bajando y subiendo, la sección del túnel se empieza inclinar y a estrechar por la base, teniendo que salvar algunos tramos mediosentados-medioempotrados a media altura.
El meandro en su tramo final no es tan cómodo como lo era al principio, aunque algún profano deduzca lo contrario al observar que los espeleólogos avanzan sentados
Con algunos pasamanos de seguridad puntuales y algún pequeño pozo montado, vamos descendiendo hasta que el meandro nos escupe en la Sala del Campamento, gran espacio del que parten varios ramales con formaciones.
Aquí hacemos una pausa para reagruparnos, beber y comer.


Conjunto en uno de los ramales de la Sala del Campamento
La continuación de la travesía se halla junto al punto de aterrizaje por donde llegamos desde los meandros: un pocillo instalado de unos 4 metros y su continuación descendente por una rampa que nos lleva a un nivel inferior.
Mientras bajaba más gente, me fui a echar un vistazo en dirección contraria a la que tendríamos que tomar, hacia el norte del túnel. El suelo barroso sólido y cuarteado hacía pensar que aquel túnel quizá se encharcase en otras épocas. Iba yo silbando una melodía y al poco, al alcanzar una cámara, si bien no con mucha superficie sí con gran altura, que se abría a la izquierda atravesando un paso bajo, noté con placer como mis notas reverberaban añadiendo un precioso color a la música.
Regresé rápidamente con los demás y continuamos hacia el sur, por túneles pequeños, meandrosos, que empezaban a laminarse, hasta volverse un pelín incómodos sólo en tramos puntuales.


Algunos aprovechan que hay que tumbarse en los laminadores para echar un sueñecito
Por aquellos corredores alcanzamos al fin el P23, que no era sino una profunda diaclasa inclinada, un largo tajo.
Al encontrarnos aquel pozo sin montar, cuando esperábamos lo contrario, empezó a cundir la paranoia de que quizá los de salida tampoco estuviesen montados, con la consiguiente especulación de cuántas horas tendríamos que aguardar ahí abajo hasta que apareciera alguien a echarnos una cuerda.


Tiro de cuerda de la diaclasa inclinada
Montamos y descendimos algo incómodamente por la inclinada fractura tratando de no encajarnos en las brechas. Fuera del recuenco de aterrizaje, que brindaba algo de amplitud, la diaclasa dejaba un estrecho paso por el que había que seguir en dirección suroeste. Al poco, una trepada incómoda, debido a la propia estrechez de la sección del túnel, y más adelante un corredor ya más amplio.
Subiendo un poco hacia la derecha antes de un desfondamiento llegamos, con alivio, a la pequeña salita hacia la que caía la cuerda de salida.
Ya sólo quedaba ascender aquel pozo, montado con desviador, atravesar un laminador pedregoso jode-rodillas, subir otro pequeño pozo, y salir por la corta y estrecha diaclasa que conectaba directamente con el exterior, saludando a alguna araña que rondaba por ahí a escasa distancia.


Ya no queda casi nada para llegar al exterior
La salida es una grieta ajustada por la que hay que gusanear ligeramente hacia arriba. Pero teniendo "la calle" ya delante de las narices, se lleva mejor ese último esfuerzo.
Saliendo por la estrecha boca de Rayo de Sol

sábado, 16 de julio de 2011

Valporquero


Climatología: soleado
Participantes: Miguel, José Luís, Kike, Marta, José Manuel y David (Espéleo-romeros); y Diego, Bea, Carlos y Pilo (Espéleo-Leganés).

Nos dividimos en dos grupos, uno mayoritario que entraría por el Sil de las Perlas, y otro cuadrúpedo formado por Kike y José Manuel que entraría por la boca de la cueva turística, identificándose previamente como espeléologos titulados.
Ambos nos encontramos en la galería del río, donde la carburera de Diego pegó un espectacular petardazo. Afortunadamente las llamas no dañaron a nadie.
La progresión por el río fue lo mejor de la travesía, entre pasamanos, descensos, toboganes y algún salto con inmersión opcional.
El "Paso de la M" estaba bajo de agua, y por ahí salimos sin problemas al exterior, gracias a las escalas montadas.
Ya en el exterior, descendiendo la primera cascada del barranco, pudimos haber sufrido un accidente debido  al roce de la cuerda con el borde del voladizo. Sólo el último en descender, Pilo, se percató del corte en la funda.

sábado, 25 de junio de 2011

Tonio-Cañuela


Participantes: Miguel y David (Espéleo-romeros) y Diego y Beatriz (Club Espeleológico de Leganés)
Climatología: Sol y calor.
Diego y Bea nos invitaron a cenar el viernes en su casa de Arredondo y se nos hizo un tanto tarde con las copas de después, pero a las 9 del día siguiente estábamos listos para salir hacia la cueva.
Dejamos uno de los vehículos abajo, a los pies de la ladera del valle de Bustablado a la que vierte la gran boca triangular de Cañuela, y con el otro subimos por la empinada carretera que conduce al punto de aproximación, con la suerte de no cruzarnos con nadie, ya que en esos casos su estrechez supone un problema.
Al alcanzar el lugar fijado para aparcar nos encontramos una máquina abriendo una nueva pista en la montaña.
Tras vestirnos de espeléologos, empezamos a ascender por el corto tramo de pista desbrozada y luego continuamos por los prados, entre vacas y agujeros por doquier.

La boca de Tonio es un pequeño agujerito prácticamente oculto entre la vegetación al borde de la caída de una gran dolina al pie de las cabañas de Buzulucueva.
Miguel iría instalando y Diego desinstalando. Es una travesía sin marcha atrás.

Tras aterrizar al fondo del primer pozo alcanzamos una sala seca, acojedor refugio de moscas y mosquitos, que a su vez son el banquete de una horda de arañas -cuyos adultos alcanzan gran tamaño- que se mueven vivazmente por la paredes obligándote a cuidarte mucho de dónde tocas.
Tras bajar el siguiente pozo desaparece todo signo de vida en sus empapadas paredes.
Otro pozo más y llegamos al gran pozo de 48 metros, un espacio de mayores dimensiones que las secciones anteriores y tapizado por colonias de líquenes amarillos. A cierta altura, antes de llegar al fondo, te topas con un pasamanos para remolcarte hacia una repisa a mano izquierda.
Desde esa repisa hay que realizar una pequeña trepada y posterior bajadita, y ante nosotros se abre la temida diaclasa o "gatera vertical"... o "paso del egipcio".
Primeramente debemos avanzar hacia adelante, mejor sin anclarse en este tramo. Aunque haya instalado una especie de pasamanos, en la medida de que el pozo-diaclasa ya de por sí es estrecho y además se va estrechando hacia abajo, es imposible caer.
Al final del pasamanos (pero aún dentro de la estrecha diaclasa), se encuentra instalada una cuerda que desciende, y ahí nos colocamos el descensor, mejor sobre el cabo largo, y ya por ahí bajamos por el apurado espacio que tenemos. Desde arriba da la sensación de que no vamos a poder pasar por ahí, y hasta para girar la cabeza y poder echar un vistazo o cambiar de dirección vamos a encontrar dificultades si no tenemos el casco a la altura de algún ligero ensanche.
Habiendo bajado todos con las sacas, continuamos por una rampa instalada con una cuerda en un estado pésimo. Diego deja hecho un nudo en una zona cercana a la cabecera donde el rozamiento con la roca tenía la cuerda prácticamente cortada.
La rampa se desfonda hacia el pozo por donde a tantos se les ha caído la saca por lanzarla desde la zona de la diaclasa para bajar cómodamente sin ella, pero antes de desfondarnos nosotros, ascendemos por una cuerda de nudos.
Arriba nos encontramos un paso aéreo en comba, un pasamanos y cortos descensos hasta dejar atrás esta zona de pequeños espacios que estaba equipada con cuerdas fijas, terminando en una apurada cornisa al borde del P55, donde el espacio vuelve a agrandarse . Toca seguir con el loco-loco, lo-quito, loco-loco, lo-quito...

Este pozo de 55 es bastante divertido de bajar, al igual que el P20 cercano al final de la sucesión de descensos. 
Tras el P22, el último de los pozos que podríamos considerar propiamente de Tonio, hacemos un destrepe por un resbaladizo meandro que enseguida se estrecha continuando así con un par de descensos cortos con trozos de cuerda instalados en fijo de por medio. Aquí se nota el frío y el sonido de la corriente de aire, por algo se llama la Gatera de la Borrasca.
Tras retorcernos por el meandrillo, terminamos al borde de un boquete que se precipita sobre el gran espacio de la sala Olivier Guillaume, como si tras atravesar la tierra por estrechos laberintos hubiéramos llegado a un gran hueco en el cascarón, una antípoda oscura. Ahora estamos en Cañuela.

La sala está constituida por unos cuantos montículos de bloques desprendidos cuyas cimas se pierden en la oscuridad bajo la gran cúpula desnuda que unifica este espacio. El lugar desde el que hemos descendido no es más que un agujerito en dicha cúpula, desde el que se descuelga nuestra cuerda.

Desde el punto de aterrizaje, en la ladera de uno de esos montículos, descendemos en dirección a unas marcas reflectantes hasta alcanzar la embocadura de un túnel. Se suceden los destrepes entre los bloques, y al poco, en los altos techos, aparecen las primeras colonias puntuales de estalactitas. Están secas y costrosas, pero son enormes.
Bea nos ameniza el camino con su repertorio de cantos espeleológicos, con temazos como "Somos los mocos", "Somos los pipas" o "Si yo fuera murciélago".

Esta galería, la del 10 de Agosto, va ganando en formaciones, hasta que el espectáculo se vuelve impresionante. Las estalactitas son gigantescas, esbeltas e ingrávidas, caen de los techos como puntas, dispuestas a ensartarte al menor temblor del tierra. Como una multitud descuelgan sucesivamente más filas detrás de otras filas, hasta convertirse en siluetas de fondo.
El tamaño de las formaciones, su languidez esbelta, y su color apagado, dan una sensación de vejez, de cueva vieja. De lejos son como ancianos pellejos caídos y recubiertos de telarañas.

Si el espectáculo ya es impresionante en los primeros tramos, lo es más aún cuando más adelante las estalactitas se van perfilando en delgadas hojas de extrañas espadas fantásticas, en hojas de sierra que cortan el aire en la dirección del túnel.
El suelo sube y baja, formando a veces cómodas playitas de arena bajo esos techos fabulosos. En ciertos momentos hay que trepar o destrepar buscando los agarres precisos en la resbaladiza roca.

Tras destrepar a un gran hoyo (Sala de la Encrucijada Alta) y luego salir de él trepando por el otro lado, alcanzamos la "sala de la apisonadora" (Boulevard). Y es que parece que ha pasado por ahí una máquina cortando a cuchillo todas las rocas y aplanando el suelo para construir una autopista encima.
El Bulevar realiza un fuerte giro a la izquierda para llegar al "campo de fútbol", una gran sala con abundantes charcos y larguísimas coladas -holladas por unas firmas grabadas en ellas-. Desde ahí, giramos a la derecha y pasamos bajo "la portería del campo de fútbol", un arco de gran anchura, y por unos instantes sentimos el fresco de una viva corriente de aire.

Más adelante la galería se precipita sobre el vacío, en el Pozo del Arca. Debemos instalar una cuerda para descender unos 20 metros, y ya estamos a nada de la salida. Sólo nos queda avanzar por el gran túnel hacia la derecha, atravesar el pasamanos y... maravillarnos con la aparición de la enorme boca por la que se cuela la cálida luz del atardecer luchando contra el gélido aliento de las profundidades, pintando de azul aguamarina las paredes de la roca. Es como un fantasma en la oscuridad, que conforme nos acercamos se transforma en un resplandor de luz en el que más adelante van emergiendo las sombras de los árboles perimetrales, y por fin el valle y las montañas, una vez en el exterior.

Descendemos por una estrecha senda, con la boca de la cueva a nuestras espaldas exhalando una nube de humedad que desde cierta distancia se materializa como un emborronamiento blanco. En cierto punto giramos hacia la izquierda, saliéndonos del barranco dominado por la cueva y... se nos acabó el aire acondicionado. Al haber salido del cauce del chorro de aire frío que cae desde la boca volvemos a la realidad de una calurosa tarde de Junio.

Tardamos 8 horas y cuarto de boca a boca.

Nueva pista en construcción
instalando la cabecera del primer pozo de Tonio
Descendiendo el primer pozo
Arañacas al fondo del primer pozo
Descendiendo el P48, aproximándose al pasamanos
La gatera vertical vista desde el aterrizaje
Dos pies y una saca
Descendiendo el P22, el penúltimo descenso antes de pisar Cañuela
Al final del meandro de la Borrasca se abre la cabecera del P20 volado sobre la Sala Olivier Guillaume
Estalactitas afiladas como hojas de espadas
Bosque muerto invertido
¿plumas?
Texturas cerca del "campo de fútbol"
Sorteando algunos bloques
La salida se dibuja como un holograma fantasmal en medio de la oscuridad
Un, dos, tres y cuatro, hemos salido todos.

sábado, 28 de mayo de 2011

Rozada-Lengo


Climatología: soleado
Participantes: Miguel, Luís, Marta y David

Estuvimos por la zona occidental de Cantabria, una zona poco conocida cueverilmente para el grupo.
Teniendo como base de cavidades seguras el minisistema Toyu-Rozada-Lengo, topografiado por Carlos Puch, empezamos la jornada del sábado con un pateo por la zona en busca de otras cuevas cuya localización no era tan clara.
Dimos por hecho que íbamos a encontrar lo que buscábamos, que estaba a unos pocos kilómetros, y por tanto fuimos cargando con todo el equipo, dispuestos a descender una eventual sima.
Tras 6 horas recorriendo caminos, selvas de avellanos, laderas empinadas e incluso andando por el río Latarmá (la parte más divertida), regresamos con las "manos vacías" al coche aparcado en la carretera de entrada de Venta Fresnedo, con los hombros hechos trizas del material que nos llevamos de paseo gratuítamente en las sacas.
Y es que no es plan hacer trekking vestido de teletubby.
Durante la mañana preguntamos a algunos lugareños que nos topamos y que nos dieron algunas pistas para encontrar al pastor que conocía la localización de la cueva. Encontramos a su hijo, divisándolo a lo alto de una ladera llevando el ganado, pero por no subir hasta allá, hablando a grito pelao en la distancia no logramos entendernos bien, y acabamos siendo dirigidos hacia otra cueva que no buscábamos: la Cueva del Manantial (habiendo pasado ya la línea provincial de Asturias), una de las varias resurgencias por las que resurge el Río Latarmá, que en varias ocasiones desaparece discurriendo por debajo de los montes para volver a reaparecer en el siguiente recuenco de valle cerrado.
De vuelta en el coche tras la trotada por los montes nos volvimos a encontrar con él, esta vez a corta distancia, y ya nos explicó la localización de la cueva que buscábamos. Más tarde aparecería finalmente el padre, acompañado de otro paisano que le había ido a buscar. Nos dieron más detalles, y a ellos se fueron sumando más vecinos de La Venta que al pasar por la carretera se iban deteniendo, uniéndose a la conversación o tomando el relevo.
Al final nos limitamos a entrar por Cueva Rozada y salir por la Torca de Lengo. No nos apetecía ya volver otra vez atrás a buscar la cueva con los nuevos datos.
Las coordenadas del Boletín Cántabro donde encontramos estas cavidades estaban mal, pero aun así, estas tres (Rozada, Lengo y Toyu) son fáciles de localizar al estar cerca de La Venta y ser conocidas por sus vecinos.
La entrada de Rozada se encuentra al lado derecho de la carretera, junto al aparcamiento en línea habilitado para excursionistas antes de entrar en La Venta. En una hondonada umbrosa, al pie de una pared tupidamente cubierta de árboles y vegetación, se abre la boca del tamaño de una puerta-trampilla, que conduce a una rampa repleta de derrubios.
Descendiendo y tirando más bien hacia la zona izquierda llegamos a un ramal de paredes con texturas de estratos claros y oscuros alternados que forman curiosos dibujos, a veces concéntricos. Al final de esta zona aparece un estrechamiento con el primer resalte. Se puede instalar una cuerda de ayuda, pero lo cierto es que no hace ninguna falta, se baja bien a pelo.
Abajo otro resalte que directamente se puede esquivar introduciéndonos por un pasaje bajo hacia la derecha.
Estamos en una sala de gran tamaño descendiendo por otra empinada rampa formada por coladas pulidas y arena sobre la que se pisa bien.
Al fondo la sala se comprime entre bloques y, puesto que la boca de la cavidad actúa eventualmente como sumidero, ahí se asientan los típicos restos orgánicos -¡y caracoles!- que son arrastrados por el agua desde el exterior para acumularse en una zona y pudrirse tranquilamente.
La roca es negra, limpia, brillante y afilada.
Unos pocos pasos más abajo el piso se precipita hacia el Lago Siniestro, donde observamos un sapo encaramado a la pared.
Para seguir harían falta neoprenos, y tener instalados los pozos desde el sumidero del Toyu, que es hacia donde conduce la galería inundada.
Nos damos media vuelta y ascendemos de nuevo hasta la zona de franjas de estratos, tomando más arriba el otro ramal, ascendente, que nos llevará hacia la salida de Torca Lengo.
Lo más llamativo es el túnel final, un meandro alto cuyas paredes presentan numerosas agarraderas y que en cierto momento adquieren el aspecto de una piel animal, moteadas con puntos negros.
Esta zona termina en una especie de ventanuco al otro lado del cual ya vemos la ténue claridad del exterior que cae desde lo alto. La trepada por la torca está algo enmarañada, cubierta de zarzas, y entre ellas afloramos por detrás de una casa, cerca de un camino que nos devuelve a la carretera.
 En resumen: un auténtico paseo.


Cueva del Manantial, de cuya gran boca sale el río Latarmá
¿Qué mejor forma de llegar a la boca del sumidero Toyu que caminando por el mismo río corriente abajo? Pero al llegar a las cascadas tuvimos que abortar la magnífica idea.
Boca del Toyu, que se traga el río Latarmá

Coladas en la segunda rampa, en la gran sala que desciende hacia el Lago Siniestro

Meandro de salida hacia Torca Lengo con curiosas texturas moteadas